Spaghetti Bros. Carlos Trillo & Domingo «Cacho» Mandrafina

La famiglia

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Entre mediados de los años veinte y los años treinta Carlos Trillo (Buenos Aires, 1943 – Londres, 2011) coloca la vida de los cinco hermanos Centobucchi que, tras su inmigración desde Italia, han ido siguiendo diferentes caminos en el sueño norteamericano. Así conocemos los anhelos de Amerigo, mafioso con tendencias edípicas, las inseguridades de Tony, un policía ni muy bueno ni muy malo, los intentos de Frank, el cura con vocación de boxeador, para que los diferentes miembros de la familia sigan el camino «recto» que él considera que les debe ser impuesto, la vida de oropeles y de hambre por el éxito de Caterina, que se nos introduce como estrella del cine mudo de la belle epoque, y la insatisfacción vital de Carmela, esposa y madre de día y asesina a sueldo de noche. Por extensión, se nos presentan a diversos colaterales de este núcleo familiar como el primo Nick, anarquista de profesión, Filomena, la esposa de Amerigo, o James, el hijo mayor de Carmela, entre otros muchos.

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Lo que diferencia a esta familia de otras sagas mafiosas, particularmente la de El Padrino, es que aquí la familia permanece unida a pesar del odio o, al menos, el disgusto que se profesan unos a otros. Todos odian a Amerigo, quien siempre ha intentado imponerse con una brutalidad que intenta esconder sus carencias, Carmela odia su papel en el mundo como abnegada esposa tradicional y busca cualquier resquicio para trasgredir esa posición tradicional, Caterina utiliza sin pudor sus encantos para triunfar mientras el resto del clan la consideran poco menos que una puta de lujo y así. Si en El Padrino el amor a la familia es lo que impulsa tanto a Vito como a Michael Corleone, con consecuencias trágicas en su camino, aquí el odio, consciente o inconsciente, a la parentela lleva a los personajes a alejarse y acercarse, aguantándose más para evitar la soledad o por costumbre que por auténtico amor fraternal.

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Trillo traza un panorama desolador de la institución familiar y de múltiples otras (la iglesia, la policía, el mundo del cine, el sindicalismo radical,…), si bien lo salva con un sentido del humor ora cándido, ora negrísimo que, junto a que los personajes tienen una personalidad arrolladora y llena de aristas, va haciendo que devoremos los capítulos autoconclusivos en que se subdivide la obra. Sin ese sentido del humor la sucesión de bajezas, traiciones, engaños y desengaños que hilan la narración serían una tragedia que no podría estirarse hasta las más de setecientas cincuenta páginas que la componen sin resentirse en algún punto. Descacharrantes son, por ejemplo, los capítulos en los que James, a instancias de su tío Frank, sigue el consejo cristiano de siempre decir la verdad, con las catastróficas consecuencias esperables en un entorno con tantos secretos como es la familia Centobucchi, o el momento en que Nick descubre a Jesucristo al quitarle Frank sus lecturas marxistas y sustituirlas por una Biblia, o los resultados de Amerigo buscando el amor verdadero que rivalice con el de su añorada mamma. Ese giro final que siempre nos muestra las vergüenzas de los personajes, lo ridículo de las necesidades que los mueven, es un espejo desmitificador que, como en los triunfos romanos, está ahí para susurrar a los personajes «tú también eres humano».

La obra, así, va trascendiendo los arquetipos de «lo negro», sin abandonarlo, y ganando en interés mientras la narración, lejos de estar encorsetada por el formato de ocho páginas divididas en tres filas de dos o tres viñetas, va explorando por su lado los múltiples caminos que puede adoptar: relato mudo, farsa, parodia, narración intimista, relato mafioso, sátira con toques eróticos, etc. Domingo Mandrafina (Buenos Aires, 1945) plasma todas las ideas de Trillo en primeros planos y planos medios, con figuras expresionistas y predominio de la mancha negra de tinta, como corresponde a un heredero de la escuela argentina de dibujo. Al igual que Trillo exagera los rasgos de carácter para quitar solemnidad al relato, Mandrafina exagera los rasgos físicos de los personajes, sin llegar a hacer grotescos a éstos (excepto a Amerigo en un par de casos), para acompañar y complementar lo narrado.

Otro juego que nos presentan los autores es el de cazar las referencias, no sólo podemos ver temas comunes (convenientemente deformados) con El Padrino o Érase una vez en América, prácticamente todos los tropos del cine de gángsters de la época dorada de Cagney se ve reflejado, pero también nos llevan al Hollywood mudo y su traumático paso al sonoro, a la crisis del 29, a la caída de Al Capone, al auge del cine de aventuras y de monstruos y varios más. Sólo los títulos de cada capítulo, que se refieren a obras literarias o a títulos de filmes, o el bautizar como Barton al guionista amante de Caterina ya plantean desde el minuto uno un juego adicional con el que podemos complementar las sucesivas relecturas.

Toda esta combinación orgánica de factores, sin puntos muertos ni bajones de ritmo o interés, sólo tiene un «pero»: esto es, que la historia no acaba de cerrar completamente aquí. Los que deseen saber cuál es el final definitivo no lo tienen en los cuatro tomos que en 2004 publicó Planeta de Agostini en su línea Especial BD sino que, en una nueva pirueta de los autores, ese final se encuentra en el álbum «Viejos canallas» (editado por Norma Editorial en el año 2000) en que los mismos autores nos trasladan unas décadas en el futuro para ver en qué acabaron los integrantes sanguíneos y colaterales del clan Centobucchi, del que ya hablaremos en el futuro.

IDW, 2008

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Miguel Ángel Vega

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