Boileau-Narcejac: espejos rotos

 

Entre el poeta romántico o el protagonista de algunas de estas novelas góticas y el detective clásico hay elementos comunes más evidentes de lo que se suele señalar.
Cómo escribir una novela negra
Óscar Urra

Desde que se conocieron en 1948 fundieron sus talentos, siendo el perfecto ejemplo de esos escritores de clase media cada vez más difíciles de encontrar. Despertaron además el interés de cineastas únicos como Clouzot o Hitchcock.

sudores frios.jpg

Tal y como sucede en sus novelas, fue una casualidad cargada de significado la que unió a estos dos escritores. El parisino Pierre Boileau (1906-1989) había ganado el Grand Prix d´Adventures en 1938, pero vería su carrera literaria interrumpida por los rigores de la Segunda Guerra Mundial, siendo las consecuencias del conflicto el telón de fondo presente en muchas de sus novelas. Reanudó esa carrera en 1948, cuando conoció al ganador reciente de ese mismo galardón, nada menos que el filósofo y escritor Thomas Narcejac (1908-1998). Ambos renunciaron a la autoría individual para trabajar juntos, demostrando una gran claridad de ideas y una perseverancia a prueba de bomba: escribieron más de 35 novelas policiacas en poco más de cuatro décadas, publicando generalmente en la editorial francesa Denoël. En definitiva, el tándem francés aportaba una forma de trabajo artesanal en un ambiente editorial estable, circunstancias cada vez más difíciles de encontrar.

kim novak.jpg

Boileau solía plantear un argumento, y Narcejac lo concretaba, encargándose de la atmósfera y los personajes. Sus novelas son fácilmente reconocibles. Basta recordar títulos tan emblemáticos como Las diabólicas (La que no existía), que daría pie en 1955 a la modélica película de Henri-Georges Clouzot, y también, a mediados a los 90, a una nueva versión rutinaria, que trataba de imitar los momentos cumbre del film previo. Según cuenta Truffaut, Hitch quiso adaptar la novela del tándem pero se le adelantó Clouzot, aunque para muchos esto no pasa de ser un rumor. Al margen de que fuera verdadero o falso, dicho rumor fascinó a Boileau-Narcejac, que decidieron escribir una novela que recorriera todos los fantasmas del Mago del Suspense —sobre todo, un misterio protagonizado por una mujer rubia fría e inexpresiva—, y no es otra que Sudores fríos, que sería llevada al cine en 1958 con el título de Vértigo (De entre los muertos).

la que no existia.jpg

Ambos títulos, por cierto, plantean una trama de misterio policíaca que no duda en coquetear con lo sobrenatural, desembocando en la ambigüedad, planteando a menudo más preguntas que respuestas.

Las Diabólicas 1.jpg

 

Sus novelas presentan una estructura convencional, y casi siempre están planteadas en los tradicionales tres actos y narradas en tercera persona, gracias a un narrador omnisciente que profundiza en los pensamientos obsesivos de sus protagonistas, acercándose al sentimiento de culpa y a las dudas mediante la corriente de conciencia. En estas novelas importa más la suspicacia o la apreciación que la acción real y tangible. La obsesión y la paranoia se adueñan completamente del relato.

Las Diabólicas 2.jpg

Negras flores

Lo negro simboliza lo desconocido, lo misterioso, lo oculto, lo reprobable… No es de extrañar que los estudiosos franceses del siglo XIX denominaran roman noir (sí, novela negra) a las clásicas novelas góticas de las que nacería la literatura de terror moderna. Horace Walpole, Ann Radcliffe o Mary Shelley eran, por tanto, autores de novela negra, y así lo aceptamos, ya que entonces en España también empleábamos esa denominación. Un siglo después, en 1945, Marcel Duhamel funda su famosa colección dentro de la editorial Gallimard —encabezada por Peter Cheyney, Dashiell Hammett y muchos otros autores norteamericanos—, y no duda en bautizarla “Serie noire”. A partir de ese momento conocemos dichas obras como novela negra.

¿realmente son tan dispares la novela policíaca negra y la novela de terror? ¿Acaso no comparten abundantes zonas de penumbra?

Dejando a un lado disquisiciones terminológicas, interesa resaltar cómo en dos momentos históricos bien diferenciados empleamos la expresión “novela negra” para referirnos a dos géneros distintos. En todo caso, ¿realmente son tan dispares la novela policíaca negra y la novela de terror? ¿Acaso no comparten abundantes zonas de penumbra? ¿No persiguen ambos géneros la creación de una atmósfera siniestra? De Psicosis a El silencio de los corderos, sería muy fácil enumerar infinidad de títulos que hermanan lo negro con lo terrorífico. No cabe duda: detrás de un inocente desplazamiento semántico hay una actitud bien definida ante la literatura. A este respecto y por cerrar el círculo, recomiendo la antología que yo mismo coordiné: La ciudad vestida de negro (Drakul, 2012).

También viene al caso citar el ensayo Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), de Óscar Urra, cuyo capítulo “La negra flor del romanticismo” hace hincapié en el origen romántico del género negro. Tradicionalmente ha primado una visión realista del mismo, centrada en lo periodístico y lo costumbrista. Pero habilidosamente, Urra propone otra lectura: pasan las décadas, y los detectives de ficción siguen siendo inconformistas, solitarios, y ante todo individualistas, lo que, sin lugar a dudas, supone una herencia clara del romanticismo —y porqué no decirlo, de su vertiente más extrema: la novela gótica—. Urra argumenta que a menudo, dicha insistencia en el origen periodístico ha justificado tanto una prosa descuidada como un tratamiento literario, digamos, ligero.

Desde esta perspectiva, romántica, gótica y negra a un tiempo, brillan con luz propia Boileau-Narcejac. Cuando el misterio policíaco se ve imbuido de esoterismo, solo cabe hacerse una pregunta: ¿son los fantasmas fruto de la conciencia o realmente están entre nosotros?

maleficios.jpg

Abundan las novelas que marcan esa ambigüedad: Sudores fríos, Maleficios, El mal de ojo… Además, en muchas de estas novelas el goticismo no solo se ciñe al argumento, sino que conforma un estilo literario que quizás sorprendería a los lectores de hoy, aunque seguramente lo consideraran afectado y melodramático. Abundan los signos de puntuación, las exclamaciones, enfatizando la intensidad de los diálogos. Y sobre todo, destaca el uso puramente romántico de los distintos espacios. Son habituales en las novelas del tándem los caserones de campo aislados, donde la naturaleza expresa los sentimientos con toda su exaltación: cielos encapotados, vegetación crispada y excesiva, caminos que desaparecen cuando llegan las aguas…

Como en la primeriza novela gótica, nuestros autores generalmente acaban aportando una solución racionalista al misterio. Pero a veces esa solución no agota todas las posibilidades, prevaleciendo la incertidumbre por encima de las opciones más claras y evidentes.

Fantasmatique

Gracias a películas como Recuerda (1945), el psicoanálisis se popularizaría definitivamente. Los personajes modernos se separaban de sus creencias religiosas, y desaparecía el pecado para que ganara terreno el complejo de culpa. Los misterios de la mente humana pasaron a ser el nuevo terreno de ficción.

Recuerda-161356696-large.jpg

El peso del psicoanálisis es notable en la obra de Boileau-Narcejac. Abundan los personajes que adquieren la condición de arquetipo: el edípico inmaduro, el padre ausente que se siente desplazado, la mujer histérica que acaba enfermando… En sus novelas, el tándem analiza de forma abstracta y simbólica las relaciones sentimentales. Así, Las diabólicas ilustra el complejo de culpa del marido, que asociado con la amante, ha asesinado a su mujer. Todo ello recorrido por una imaginería simbólica donde no cabe el azar: la presencia del agua, antes que hablar de fertilidad, anuncia la muerte. Sudores fríos plantea una lúcida reflexión sobre el machismo en las relaciones tradicionales. Gracias al mito de Pigmalión, los autores reflexionan sobre la mujer despojada de su individualidad, convertida en pantalla blanca sobre la que el hombre proyecta sus fantasías y anhelos más íntimos.

Al margen de los contenidos y metáforas, claramente vinculadas al psicoanálisis, hay más elementos que apuntan en esta dirección. Precisamente es un término proveniente del psicoanálisis el que mejor define las novelas del tándem francés: fantasmatique. Dentro de la narrativa, este término define esas historias en las que todo es contado desde la conciencia alterada del protagonista, volviéndose confusa la frontera entre realidad e ilusión.

Los rostros de la sombra (editada en España por G.P. en 1968), es una muestra más de fantasmatique. El poderoso industrial Richard Hermantier pierde la vista en un accidente. De golpe lo familiar se vuelve inquietante. A causa de su ceguera pierde su inmenso poder y pasa a ser una criatura desvalida en manos de su esposa, sus socios y su hermano.

Boileau-Narcejac nos adentran en el desquiciado monólogo interior de Hermantier, que cree adivinar en todas partes indicios de una conspiración que amenaza con derrocarlo. Dadas sus limitaciones, duda una y otra vez de sus engañosos sentidos, y no deja de contradecirse y desconfiar hasta de sí mismo cada vez que llega a una conclusión que le parece incontestable.

En este caso, por la privación del sentido de la vista, la narración fantasmatique lleva al protagonista a tratar de reconstruir su entorno basándose en sensaciones parciales —un olor a pino impropio de la región en la que vive; un tañir de campanas que anuncia el obituario y que solo él parece escuchar; movimientos discretos en la noche que intuye más que percibe…—. Tratará de protegerse de esa siniestra trama en que se ha convertido su vida, pero los autores se abstendrán de opinar, y mantendrán una vez más la ambigüedad sin responder de forma concluyente: ¿existe y funciona realmente ese complot, o es producto de la mente debilitada de Hermantier?

Por encargo

Aunque su momento de gloria hubiera pasado, Boileau-Narcejac no dejaron de aporrear la máquina de escribir. Incluso siendo venerables ancianos, tramaron y fabularon con la misma seriedad que en sus mejores tiempos.

el contrato.jpg

Pero casi medio siglo después, la industrial editorial había cambiado hasta volverse irreconocible. Ya no se estilaban esas novelitas ágiles de doscientas páginas; los nuevos best sellers superaban las trescientas… Y los lectores demandaban cada vez más una literatura que describiera minuciosamente los procedimientos policiales y se hiciera eco de las novedades científicas y tecnológicas. ¿Qué podía pensar alguien que acabara de leer El dragón rojo, de Thomas Harris, de las novelas del tándem francés? El trabajo detallado de la policía científica, los pormenores de la investigación, nunca les interesaron demasiado, ya que siempre resolvieron sus tramas a golpes de intuición e inspiración, interesándose más por personajes llevados al límite, atrapados por un conflicto dramático inevitable.

Boileau-Narcejac trataron de adaptarse a los tiempos abordando temáticas más actuales, pero se vieron confinados a colecciones especializadas de tiradas modestas

Boileau-Narcejac trataron de adaptarse a los tiempos abordando temáticas más actuales, pero se vieron confinados a colecciones especializadas de tiradas modestas, como Crimen&cía, de la editorial Versal, que a finales de los años 80 publicó al menos tres de sus títulos.

Uno de esos títulos fue El contrato, protagonizada por un asesino a sueldo que acaba implicado en el tráfico de armas de ETA. G es un personaje de tintes kafkianos, su nombre está reducido a una simple letra, y es un asesino a sueldo acostumbrado a representar distintas identidades, hasta el punto de que llega a desconocer la suya propia. La pareja de escritores mantiene su sello: el jefe de la organización criminal, Monsieur Louis, es poco más que una presencia fantasmal que nunca se ha dejado ver. Y en el curso de una operación, dejándose llevar por una pasión inexplicable, G se llevará consigo a Rómulo, el perro lobo de la víctima que acaba de matar. Muchos considerarán absurdo su afán por salvar al perro, pero G no decidirá huir con él, ya que ha pasado a ser su razón de vivir… y de morir.

Es posible que con el tiempo se acabe olvidando el legado de Boileau-Narcejac, y puede que con suerte, se conserve una sola novela de tantas como escribieron. Si nos ajustamos a los parámetros actuales, quizás podamos considerar anticuadas sus técnicas literarias, pero deberíamos prestarles más atención, ya que fueron unos grandes observadores y comprendieron a la perfección a hombres y mujeres, sus relaciones y conflictos. Y no solo eso; también nos enseñaron, novela tras novela, que la desgracia no la traen los espejos rotos, sino las mentes rotas.

David G. Panadero

Horno perfil anuncio