El último barco. Domingo Villar

Vuelve a la arena del noir nacional uno de los personajes que se han hecho más de esperar en los últimos tiempos

 

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Un asustado padre acude ante el inspector Leo Caldas de la comisaría de la Policía nacional de Vigo para denunciar la desaparición de su hija Mónica, que faltó a un acontecimiento familiar, que tampoco parece acudir a su trabajo, y de la que no se tiene ninguna noticia. Las primeras pesquisas constatan la ausencia de la mujer, pero la falta de indicios criminales, y el hecho de que en España no se puede iniciar la investigación de la desaparición de un adulto, complican una investigación por la que Caldas recibe grandes presiones. Pese a todo Caldas sigue con sus pesquisas, lo que le lleva a transitar escenarios muy diversos, y que le llevará a introducirse en turbias realidades.

el inspector Leo Caldas vuelve a hacer pareja con el agente Rafael Estévez

Con este inquietante arranque, vuelve a la arena del noir nacional, uno de los personajes que se han hecho más de esperar en los últimos tiempos. Pues los aficionados que disfrutaron de las novelas de Caldas llevábamos esperando casi diez años desde su segunda y última entrega de sus peripecias.

El inspector Leo Caldas vuelve a hacer pareja con el agente Rafael Estévez, y sus encontradas actitudes y afrontamientos de la realidad nos regalan de nuevo con momentos gloriosos tanto en el trato, como en la concepción del mundo gallego, y en la percepción de los motivos y comportamientos de las personas. Pues si Caldas representa el estereotipo gallego de melancólico, indeciso y un tanto introspectivo, el aragonés Estévez, resulta una fuerza de la naturaleza, además de por su gran anatomía, por su genio vivo, su facilidad de echar mano de lo físico, así como un pensamiento lineal, claro y sin tapujos en su vehemente expresión. Esta singular pareja, que no sigue el modelo a lo Sherlock  Holmes  y su doctor Watson, sino más bien a lo Don Quijote y Sancho Panza con fisonomías invertidas, conjugan sus bien diferenciados estilos en una investigación compleja, que les hará transitar por territorios procelosos del sinsentido humano.

Otro elemento fundamental que volvemos a encontrar en esta novela es el paisaje físico y humano de Vigo y sus poblaciones cercanas. Por mor de la investigación, el autor hace recorrer a sus protagonistas por diversos pueblos y lugares de las cercanías de Vigo. De todo ello hace un brillante retrato, pues suele pintar con afecto y valoración tanto pueblos, como lugares físicos, como playas o bosques. De igual modo hace buenos retratos de los paisanos de la zona, y gracias a los comentarios mordaces  e incrédulos del compañero de Caldas, el agente Estévez, no cae en un edulcorado retrato de lo gallego, pues este personaje le hace el contrapunto de foráneo, que se sorprende, cuando no directamente se irrita, con cierta indefinición en el discurso de los naturales del país. Este retrato de lugares y gentes toca, como no podía ser menos, la gastronomía de la zona, de la que nos da cuenta basándose en los platos populares, sin caer en el esnobismo de los gourmets. De igual forma se nos habla con precisión y conocimiento de los vinos de la tierra, pues tendrán un importante papel, tanto por sí mismos, como los lugares donde se destilan como escenarios de las vicisitudes de los protagonistas e incluso en alguna de las tramas.

Un elemento a destacar en esta novela, es el brillante estilo del autor, del que ya tuvimos constancia en sus anteriores entregas, que le permite por un lado mantener un ritmo de narración ágil y fluido, pero sin renunciar a momentos llenos de delicadeza y profundidad, en los que nos sorprende con su capacidad para proponer sin mostrar, lo que nos obliga a los lectores a hacernos partícipes de la pesquisa en marcha. Para ello el hecho de traernos dos protagonistas tan diferentes, uno melancólico  y reflexivo y otro ardiente y activo, permite ir variando de marcha a lo largo de la narración. Estos mimbres le permiten igualmente alternar hechos muy duros y cruentos con momentos cargados de humor, que dan viveza y energía a la narración. El autor no duda en traer referencias a otros autores del género, sin caer en pretenciosidad, sino más bien, para dar apoyo a descripciones o explicaciones propias del argumento. Pese a su larga extensión, algo más de 700 páginas, la novela fluye firmemente en lo que no deja de ser una investigación procedimental, que a golpe de giros y nuevas informaciones mantiene el interés hasta la última línea.

Hemos de felicitarnos con el regreso de un autor muy añorado por sus lectores, que aunque nos ha tenido en vilo muchos años (lo cual no es tan raro en este género, y si no recordemos como Philip Kerr, con su canónica serie de Bernie Gunther la tuvo parada casi 15 años) ha hecho bueno el dicho popular de que nunca es tarde si la dicha es buena.

Siruela, 2019

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José María Sánchez Pardo

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