Kenneth Fearing, poeta callejero

El gran reloj es un modelo de thriller psicológico, una variante de la novela negra aún poco conocida en la época y explotada desde entonces por William Irish, Boileau-Narcejac, Patricia Highsmith y otros.
Mythologie du roman policier
Francis Lacassin

Gracias a su voz poética y al uso de peculiares estructuras narrativas —cada novela, un caleidoscopio—, Kenneth Fearing renovó el suspense psicológico.

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Una personalidad desbordante y buenas dotes de observación es lo que se precisa para revolucionar el género. Las mismas habilidades que, salvando las distancias, encumbraron a Dashiell Hammett al anticiparse —en meses o semanas— a la Gran Depresión, valieron a Kenneth Fearing dos décadas después un puesto de honor dentro de la novela negra más intimista, la que desciende a los sótanos del alma. Porque nuestro autor era capaz de adivinar la resaca que seguiría al banquete y adelantarse al desenlace de esa opulenta sociedad norteamericana que le tocó vivir. Él buscaba las fisuras del capitalismo y describía la vorágine del mundo laboral, centrándose en tipos humanos discordantes, excéntricos, que intentan evadirse, por supuesto sin éxito, de ese furor consumista y esa lucha sin cuartel que impone la aconsejada promoción social.

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Aunque trabajó como periodista, Fearing no fue de los que confunden una novela con un inmenso reportaje. De hecho, profundizó en las claves de la ficción, y se dio cuenta de que ese telón de fondo crítico solo tenía sentido si se planteaba desde una gran riqueza estilística, consiguiendo adentrarse en estados de ánimo, personalizando la voz narrativa. En su caso, por cierto, todo un coro de voces narrativas. Quizás influyera en ese estilo tan personal, en esa indiscutible autoría, su amplia formación cultural y académica. De hecho, Fearing es un poeta de prestigio que además de dotar de una gran fuerza lírica y simbólica a sus novelas negras, empleó en estas unas técnicas narrativas novedosas, destacando el multiperspectivismo, a la manera de, pongamos por caso, El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, o películas como Rashomon (1950), de Akira Kurosawa.

De entre las seis novelas que escribió Fearing entre 1939 y 1960, solo tres son encuadrables dentro del género negro: The Dagger of the Mind, que despertó el interés de Raymond Chandler —bien mirado, ambos poseen una capacidad para la poesía que no desagradaría a un Shakespeare—; El gran reloj (1946), que conocería una estupenda adaptación al cine y sería traducida al francés por un apasionado Boris Vian, y La muchacha más solitaria del mundo (1951), canto de cisne de una trayectoria única e inconfundible que su autor no quiso prolongar más. Quién sabe si en un ejercicio de coherencia, como acto de rebeldía, no quiso someter su creatividad a las exigencias del mundo editorial…

Maquinaria imparable

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El gran reloj parte de una metáfora que no pierde su validez pese a resultar evidente: el ritmo estresante de las grandes ciudades y la agresividad del mundo laboral acaban llevando al diván del psicoanalista o al alcoholismo puro y duro a sus ciudadanos. Además, Fearing ambienta la novela en una profesión que conoce bien por haberla ejercido: el periodismo.

George Stroud es redactor de la revista Crimeways, dedicada a los sucesos. Mantiene una aventura extraconyugal con Pauline Delos, que resulta ser a su vez amante de su editor, el déspota Earl Janoth. Por azares del destino, será testigo en la sombra cuando Janoth asesine con sus propias manos a Pauline. Habida cuenta de los amplios recursos que maneja la revista, el editor le encargará que localice a ese testigo al que es incapaz de reconocer con el pretexto de que está implicado en una delicada trama financiera… El tema del falso culpable, tan frecuentado por el cine de Hitchcock, encuentra aquí una ingeniosa vuelta de tuerca: el investigador ha de darse caza… ¡a sí mismo!

Nada menos que siete narradores, alternándose en los distintos capítulos, nos cuentan la historia de viva voz. Y esos narradores se expresan con propiedad, dotando de variedad de voces y registros a la novela, plasmando con viveza el estrés, la velocidad, el ritmo febril de la redacción… De esta manera, Kenneth Fearing demuestra originalidad, contradiciendo a aquellos que piensan que la novela negra es formularia y reiterativa, y además se permite jugar limpio. En lugar de esconder las pistas o la información más relevante, hace que los distintos personajes nos la faciliten, sabiendo unos más que otros, estando unos más cerca de la verdad que otros, ocultando y distorsionando unos más que otros…

La estrategia literaria es más que llamativa: si el género se ha basado tradicionalmente en escamotear detalles esenciales, en mostrar puntos de vista parciales, incompletos o engañosos, Fearing prefiere mostrarlo todo, con pelos y señales, a plena luz, confrontando puntos de vista. Siguiendo este planteamiento no hay espacio para sorpresas, giros finales ni golpes de efecto. No importa tanto lo que está pasando o lo que sabemos que pasará como lo que creemos que podría pasar…

Sin embargo, y ahí está la gran baza de la novela, que marca un camino que seguirá de forma definitiva la narrativa de suspense psicológico, El gran reloj sabe generar una tensión constante, consiguiendo que el lector se anticipe, y creando incertidumbres que solo el azar o la justicia poética podrán resolver.

Una sonrisa triste

Tanto The Dagger of the Mind como El gran reloj y otras novelas del autor siguen esa estructura caleidoscópica que resultó ser su especialidad. La muchacha más solitaria del mundo también confirma esa línea.

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Esta novela de título inabarcable, que, por cierto, haría las delicias de un Stieg Larsson, nos cuenta la historia de Ellen Vaughn, una chica de cabello rosa y sonrisa melancólica que vive en el piso treinta de un antiguo hotel de Nueva York. Su padre acaba de fallecer en circunstancias trágicas y ella ha heredado su negocio, una gran empresa de grabaciones. Precisamente gracias a una de esas grabaciones ha descubierto algunas de las circunstancias del fallecimiento, y su delicada posición: posee secretos industriales que los rivales quieren conseguir a cualquier precio. Y la solución está dentro de una grabación. Pero un rápido cálculo le hace comprender que tardaría unos cincuenta años en escucharlo todo, de manera que tiene que pensar algo, rápido…

Las críticas no fueron del todo benévolas con la novela, achacando que en esta ocasión era más evidente que nunca que la complejidad de la estructura —la alternancia de distintos puntos de vista— venía a suplir las carencias de una historia más sencilla y esquemática de lo que parece. Sin embargo, no repararon en el desafío que debió suponer el hecho de dar voz a un personaje femenino, y contemplar el argumento desde sus ojos. Máxime si tenemos en cuenta la particularidad del personaje: una chica solitaria que ha pasado por dos breves matrimonios y está decidida a acabar indolentemente con el patrimonio familiar, que es bella e introvertida y posee una agitada vida interior. No faltan a lo largo de la novela curiosas metáforas, imágenes asombrosas o símiles inesperados, resultando una obra profundamente lírica e inusual, que se lee con verdadera curiosidad, más por los personajes —esa muchacha a la cabeza— que por la acción descrita.

Kenneth Fearing es uno de esos autores que el tiempo ha ido condenando al olvido. Las dos novelas que comentamos fueron publicadas en España por la mítica editorial Bruguera entre finales de los años 70 y principios de los 80 dentro de la colección Libro amigo / Novela Negra dirigida por Juan Carlos Martini. Las tiradas de entonces eran amplias, y todavía, aunque cuesta algo de trabajo, se pueden rastrear algunos ejemplares en portales como iberlibro.com, libros que ya son objeto de coleccionismo para una minoría cada vez más reducida de nostálgicos. Incluso recientemente, RBA, dentro de su acertada línea de recuperación de clásicos de la novela negra, ha reeditado El gran reloj. Ojalá fuera esta la primera de muchas entregas, y llegaran a ver la luz títulos que nunca hemos leído…

Como ejemplo de ese olvido que amenaza con devorar a Fearing, recordaremos ciertos comentarios hechos a propósito de la novela negra nórdica. Cuando los editores, críticos o lectores elogian la labor de escritores como Henning Mankell o Karin Fossum, es habitual escuchar el argumento de que sitúan a los personajes por encima de la trama, que no se dejan encorsetar por los estereotipos del género, que aportan una dignidad literaria del todo novedosa… A los que opinan así, les recomendamos la lectura de las novelas de Fearing, convencidos de que descubrirán un autor importante, que plantea tramas inteligentes, aportando una dignidad estética y retando siempre al lector.

David G. Panadero

Cordelia Caso Greene