Haarmann. El carnicero de Hannover, un asesino en serie. Peer Meter & Isabel Kreitz

Ensayo sobre la ceguera

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República de Weimar, 1924. Fritz Haarmann vive ocupado en vender ropa usada y carne a sus vecinos de Hannover pero hay rumores sobre él. A altas horas se filtra luz desde sus ventanas aunque estén tapadas por gruesas cortinas, se ve entrar a jóvenes y a veces hace mucho ruido. Los rumores suben de tono y los comentarios a sus espaldas empiezan a ser a la cara. Aun así la policía no llama a su puerta, ocupada como está con subversivos, estraperlistas y con el asesino que siembra de huesos la ciudad, los que sí aparecen son sus vecinos a comprar carne ya que Fritz, con o sin rumores, la vende más barata de lo habitual.

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No es ésta la primera vez que Haarmann es analizado por Peer Meter (Bremen, 1956), de hecho lleva desde 1989 escribiendo sobre los asesinos en serie alemanes Gesche Gottfried, la envenenadora de Bremen, y Fritz Haarman, insistiendo en buscar nuevas formas para analizar sus acciones e indagar en sus psiques. En esta novela gráfica, ganadora del premio Sondermann, hace una exploración sociológica de los monstruos cotidianos con los que vivimos, si bien no se ocupa sólo del monstruo obvio sino que desenfoca la lente del relato para que, más allá de las acciones de Fritz Haarmann, seamos testigos de una sociedad en la que la mezcla de necesidad y conveniencia llevan a una ceguera voluntaria. Al menos hasta que no se pueda ignorar más que existe un problema, aunque con marginar al extraño del entorno más cercano se considera suficiente, sin llegar a las últimas consecuencias y perpetuando por omisión el ciclo.

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Todos saben que pasa algo, pero todos tienen unos intereses a los que Haarmann viene bien. Hans Grans es amigo íntimo de Haarmann pero también es un proxeneta que puede trapichear con la ropa que Haarmann consigue. Elisabeth Engel no quiere servir a su familia más de su carne porque “sabe como… dulce. Me da nauseas” pero tiene una fonda y a sus clientes hay que darlos de comer, así que ¿qué hay de malo en que Haarmann viva en su buhardilla ahora que su antigua casera le ha echado? Y la rueda gira.

lo que esos jovencitos se dejen hacer tampoco es lo que más preocupa cuando se está en una inestabilidad crónica como la que aquejaba a la república weimaresa

Pocos dicen nada a la policía y pocos repiten sus acusaciones una vez la policía las ha desestimado por faltas de fundamento. Aquí la policía juega un papel fundamental, su omisión de las denuncias y avisos sobre las sospechosas actividades de Haarmann viene dada por la condición de Haarmann de confidente. La policía sabe que Haarmann recoge a jovencitos en la estación de trenes, ¿cómo no van a saberlo si le tienen fichado por homosexualidad?, pero, oye, da tan buenos chivatazos que hasta le han concedido una placa de policía “oficiosamente, por supuesto”. De todas maneras, cuando se registró la casa de Haarmann no se encontró nada y lo que esos jovencitos se dejen hacer tampoco es lo que más preocupa cuando se está en una inestabilidad crónica como la que aquejaba a la república weimaresa.

Aquí la policía no es un servicio abnegado para servir al ciudadano, sólo basta ver el trato que dispensan a los padres de una de las víctimas, sino una fuerza para mantener un cierto statu quo y, cuando ya es imposible desviar la mirada, se lanzan sobre el asesino con unos métodos tan expeditivos que nos hace preguntarnos quién es el peor de los actores de este grand guignol. De hecho, esa sensación traspasa todo el relato pero es en sus momentos finales cuando, a la vista de un Haarmann que desvaría, se acentúa. El asesino en serie se nos revela como un pobre desgraciado que, si alguien hubiera hecho algo, podría haber sido tratado o encerrado en un psiquiátrico poniendo a salvo al resto de la sociedad.

Isabel Kreitz (Hamburgo, 1967) ilustra la historia al carboncillo, basándose en las fotos e imágenes que han quedado de los actores y lugares, trasladando al lector a este Hannover de entreguerras, con su ambiente de miseria moral y material. Pero que nadie crea que Kreitz es una dibujante al estilo Greg Land: la narración es impecable, las expresiones naturales y aunque sigue una estructura de página ferrea el ritmo del relato se hace imparable desde el primer momento, todo ello sin necesidad de acudir a ninguna imagen macabra. Especial atención merecen los juegos de luces y sombras con que, inadvertidamente, dota a sus escenarios de veracidad y profundidad. Pura magia a los lápices que nos muestra el por qué de su prestigio en su Alemania natal.

Al final del tebeo Peer Meter realiza un encarte histórico sobre las circunstancias de Alemania tras la Primera Guerra Mundial en general y de Haarmann y sus asesinatos en particular, explicando el contexto y evidenciando el trabajo de documentación que existe tras este cómic, publicado en Alemania en 2010. El mismo ha sido editado en España por La Cúpula en dos ediciones, una en 2011 en tapa dura, bastante pegada a la publicación alemana, y en 2014 en tapa blanda, ambas con una reproducción impecable para una obra que nos traslada a las profundidades más oscuras de nosotros mismos y nuestras sociedades.

La Cúpula, 2014

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