Relato: Memoria de un tiempo salvaje

Carlos Martínez Carrasco nos presenta en este relato una conversación tan incómoda como necesaria. ¿Te atreves a leerla?

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I

 

Fuimos los hijos bastardos de aquel boom de finales de los noventa. Mucho dinero y poca cultura. Qué quieren. Fuimos unos salvajes. Nuestros padres venían de aquella otra época, finales de los cincuenta, sesenta, cuando la dictadura no parecía tan dura o no tanto como contaban los más viejos del lugar —para quien se parara a escucharlos un rato—, cuando aparecía aquel abuelete vestido de uniforme y cualquiera diría que había llenado el país de fosas al amanecer. A veces pienso, viendo algunas caras, echando la vista atrás, aunque no demasiado, que aquello podía volver. Ahí están los cimientos. Sólo hace falta que alguien con cierta labia empiece a poner ladrillos y no faltará quien le ayude con mucho gusto.

Empiezo a desbarrar. Gajes del oficio…

Hay cosas que uno cree enterradas en la memoria, pero a las que sólo basta un pequeño golpe para volver a aflorar a la superficie con toda su carga. En mi caso fue un correo. Una invitación a una de esas reuniones de antiguos alumnos por no sé qué historia del colegio del barrio. El medio siglo o el homenaje a uno de esos maestros a los que de críos no hacíamos ni caso pero que pasado el tiempo queda bien homenajear. Uno de esos ejercicios de hipocresía mezclada con una nostalgia no menos hipócrita.

Lo firmaba Laura. La recordaba bien, con cierto cariño. Aquella chiquilla que quiso ser una supermodelo de esas tan en boga por esa época, pero que acabó descubriéndose como una brillante matemática, dejando con un palmo de narices a más de uno. La había visto por última vez hacía unos cinco o seis años. Un par de encuentros casuales que se saldaban con la promesa de escribirnos o llamarnos que nunca se materializó más por dejadez o falta de interés de mi parte que por la de ella. Había pasado mucho tiempo, me escribía. Que le había costado mucho localizarme. Era como si se me hubiera tragado la tierra. Menos mal que dio con mi rastro en el directorio de la universidad, continuaba relatándome. Le haría mucha ilusión volver a verme. Que todos nos reuniéramos. La cita sería el 15 de octubre. Y cerraba con un no faltes que sonaba a súplica. O al menos así lo quise entender.

Le respondí que no podría ser. Justo en esas fechas tenía programado un viaje a Belgrado. Una conferencia y unas clases comprometidas desde hacía mucho. Lo sentía. Estaría fuera diez días. Dejé la posibilidad de que quedáramos en cualquier otro momento, con la esperanza de que desistiera en su intentos por reencontrarnos. Lo cierto era que todo aquello no era más que una excusa. No le mentí, pero de no haber tenido que salir al extranjero me hubiera buscado otro pretexto para no acudir a la cita. Sabía que en el momento en que estuviéramos cara a cara, ella y yo, el tema no tardaría en surgir. A unos más que a otros, lo que sucedió con R. nos dejó una huella. Sería incapaz de enfrentarme a aquellos viejos compañeros, a los responsables de que todo se precipitara, sin que me viniera una arcada. Los culpables que se escaparon por la cobardía de todos. La mía la primera. Demasiados destrozos. Todos miramos para otro lado. Los que pudimos hacer algo no lo hicimos porque no iba con nosotros directamente. No debíamos meter las narices donde no nos llamaban. La ley del silencio. Después de todo, quizás R. fuera responsable de lo que le estaba pasando. No se apartaba de ellos. Los seguía como un perrillo sumiso a pesar de las hostias y los insultos. Quizás porque no tenía otro lugar mejor al que ir. ¿Quién le daría cobijo? Nadie, no nos engañemos. No éramos unos santos por aquel entonces. Pequeños cabroncetes que creíamos que el mundo nos debía una por haber nacido.

Esa noche, mientras Sonja dormía, yo repasaba las notas con lo que les contaría a los serbios. Violencias civiles, se titulaba el curso. España, 1936. Grecia, 1944. Yugoslavia, 1992. Tipos entrando en casas en busca de enemigos que hasta ese momento habían sido sus vecinos; traidores por el mero hecho de no pensar de manera correcta, signifique eso lo que signifique. Comunistas, falangistas, monárquicos, colaboracionistas, chetniks, ustachas, bosniacos… pasándose unos a otros por la piedra de amolar sin más justificación que la que a un fulano le saliera de los cojones para señalar a quién había que eliminar. Las justificaciones vendrían después, aceptadas y jaleadas por todos, por miedo, alivio y en cierto modo aceptación sumisa de lo que se pensaba inevitable. ¿Qué nos diferenciaba a nosotros, chavales de barrio de doce o trece años, de ellos? Unos habían marcado a la presa y fueron a por ella sin piedad, como una jauría de perros salvajes, machacándola a diario, hostigándola, sin darle la posibilidad de escapar mientras todos los demás mirábamos para otro lado o tirábamos una piedra para congraciarnos con la mayoría. Relamiéndonos. La única diferencia es que unos tenían las manos manchadas de sangre y nosotros no, pero el resultado fue el mismo.

II

 

Tardé en reconocerla. No la esperaba ya, lo había olvidado por completo, pero allí estaba, esperándome en la puerta de mi despacho, después de que hubiera mandado el correo hacia más de un mes. Me sonreía y parecía sincera su alegría. «Si tú no venías…», me espetó encogiéndose de hombros a modo de tarjeta de presentación. Quería sonar como lo que era, un reproche cariñoso. A fin de cuentas había sido mi silencio, los aplazamientos del encuentro, los que la habían forzado a ir hasta allí. Y hasta ahí también mis reticencias, aunque no del todo.

Saludé a Laura con los dos besos en la mejilla de rigor y le di la enhorabuena por su estado. Estaba embarazada de cinco meses y no veía la hora de soltarlo ya. Era su primer hijo o hija, no había querido saberlo. Luego se avergonzó por aquella verborrea sobrevenida de golpe. Los nervios, se disculpó. Supongo que algo tuvo que ver mi expresión de sorpresa por no saber qué hacía allí. Casi de inmediato sacó un libro del bolso y me lo puso en las manos como un gesto de paz. Una recopilación de testimonios de mujeres y niños de las guerras balcánicas que publiqué hacía unos años. Apenas sí se habían vendido unos cuantos ejemplares y llevaba bastante desaparecido de las librerías. A la gente este tipo de historias le importan poco; hay cosas más agradables que leer y me sorprendió que ella lo tuviera. Estuvo calibrando mi reacción. La vanidad de quienes se ganan la vida dándole a la tecla y de cuando en cuando una conferencia o unas clases. Quería demostrarme que a pesar del tiempo, ella había seguido mis pasos. Y estaba orgullosa.

Le propuse que fuéramos a otro sitio, que aquel no era el mejor lugar para hablar. Había terminado las clases y no esperaba a ningún alumno, nunca solían pasarse por la tarde y menos a esas horas. Podía irme con total tranquilidad. Además, su visita no tenía nada que ver con ninguna cuestión académica. Le devolví el libro. Laura aceptó la invitación. Se ponía en mis manos para que la llevara donde quisiera. Ella no conocía bien la zona, me dijo. Le pedí que me esperara un poco mientras dejaba unos papeles en mi mesa y enseguida estaba con ella. No se atrevió a moverse de donde estaba plantada, lo que evidenciaba cierto agobio. Aquel lugar era un territorio en el que se debía sentir como extranjera. Era totalmente diferente estar en la antesala de un departamento como estudiante, esperando a que el profesor del ramo correspondiente tenga a bien recibirte, que hacerlo como mera visitante, aunque no hiciera demasiado que hubiera dejado de frecuentarlos. Igual que Laura, yo también quería salir de allí si bien por razones diferentes: ella por incomodidad y yo porque quería pasar cuanto antes el trago.

«Aquí enfrente podremos hablar con tranquilidad», le señalé una cafetería desde la puerta de la facultad de Letras.

Nos sentamos a una mesa junto al ventanal, a salvo del bullicio de los chicos y chicas que, al terminar las clases se daban cita allí como una prolongación de una jornada que aún no había terminado. Un camarero no mucho más viejo que la mayoría de sus clientes nos trajo mi café solo y el té que había pedido Laura. La conversación iba por los cauces previsibles. Quería saber qué tal me había ido el viaje, cómo era Belgrado, la gente de allí. No sólo había comprado el libro que llevaba en el bolso sino que además parecía haberlo leído. Me dejaba hablar, explayarme. Me escuchaba muy atenta, bebiéndose mis palabras, sin interrumpirme. Bebía a pequeños sorbos el té, sin perder el hilo de mi relato. Ahora era yo quien se sentía algo incómodo; nunca me ha gustado hablar demasiado sobre mí. La pedantería, la necesidad de impactar a quien escucha intentando quedar siempre por encima del otro no van conmigo y ya había tenido bastante.

Le dí un giro a la conversación. No estábamos allí sentados para contarle cómo eran las marcas de los misiles de la OTAN sobre los edificios serbios. Le pegué un sorbo al café y sin más preámbulos, se solté un: «¿Qué tal la reunión del otra día?», y miré a Laura a los ojos buscando su reacción.

Estaba esperando que le hiciera esa pregunta aunque no pudo evitar un ligero sobresalto. A lo mejor, hasta me importaba algo fuera de los muros de la institución en la que hasta hacía unos minutos habíamos estado, debió pensar. Esbozó una sonrisa.

«Tania me preguntó por ti», quiso que supiera antes que nada, como si con ese nombre quisiera recordarme algo. Tania había sido ese primer amor no correspondido, que como todos esos primeros desamores se guardan en la memoria con una mezcla de vergüenza y melancolía. «Quería haberte saludado. Te perdiste del mapa de la noche a la mañana» y aquello volvía a sonar como una acusación, ya sin tono cariñoso. A la cara a pesar de que duela. Me revolví en la silla y eché una ojeada a la puerta. No tenía más que apurar el café, levantarme, dejar un billete de cinco euros encima de la mesa y despedirme hasta otra ocasión. Porque lo último que quería oír eran recriminaciones de una persona con la que había perdido el contacto.

«Todos tenemos la misma culpa», dejé caer. Esa palabra tuvo en ella el efecto que yo quería. La puso en guardia aunque no estuviera sorprendida porque sabía que de un momento a otro, entraríamos en aquel asunto. Era inevitable. «Podrían haber hecho lo mismo que tú: buscarme». Laura me dio la razón, esquivándome la mirada. El móvil que guardaba en el bolso sonó, dándole unos segundos de tregua. Pidió perdón, pero tenía que leer el mensaje. El jefe de la gestoría para la que trabajaba.

«Supongo que te entiendo», reconoció tras haber guardado el teléfono, ahora sí mirándome directamente a los ojos. Valiente. «Fuiste el único al que la muerte de R. le importó algo».

«A ti también, si no, no estarías aquí, ¿verdad?», quise hacerle notar. «Pero ahora lo que sintamos o digamos da igual».

III

A los ojos de esa Laura de treintaytantos años que estaba sentada frente a mí se asomaba aquella chiquilla espigada que más de dos décadas atrás quería ser modelo. Aún conservaba ese poso de inocencia que se resistía a desaparecer a pesar de todo, mezclada con una lucidez que había ido acumulando con el tiempo. Pensé en ese niño o niña que llevaba en el vientre. En la suerte que tendría de tenerla como madre. No me cabía la menor duda de que sabría educar a ese proyecto de persona. Yo también me sentí de nuevo como aquel chaval tímido, parapetado detrás de las páginas de un libro, mirando a un mundo que ya entonces me parecía salvaje, hostil, cuando intentaba comprenderlo. Y no pude menos que arrendarle las ganancias a esa criatura por venir.

«Tenías que haberlos visto», continuó relatándome. «La verdad es que no estaban nada mal. ¿Quién decía eso de que veinte años no son nada?». Le respondí que era la letra de un tango. «Pues tenía razón», sentenció Laura.

Lo curioso era que ni en el tono ni en sus palabras había nada parecido al rencor. Una voz neutra que se limitaba a dejar constancia de lo que había observado y poco más.

«Hay gente por la que no pasa el tiempo», dejé caer mientras ella apuraba lo que le quedaba del té. De muchos de ellos tenía una imagen congelada de esa época, con los mismos gestos y forma de hablar. Tal vez porque para mí permanecían anclados allí.

Se quedó pensando, mirando la taza vacía.

«En el fondo no los culpo», admitió levantando de pronto los ojos, buscando en los míos algo parecido a una concesión que sabía improbable. Se vio obligada a añadir: «Fue una chiquillada».

«Que se les fue de las manos. Sabían perfectamente lo que hacían y no les importó», la corté con un malestar que no me esforcé en disimular. Me arrepentí casi al instante. «Pero no fueron ellos solos, desde luego, los únicos culpables. Todos lo fuimos. Nosotros y quienes podían haberlo parado pero decidieron hacer como que no pasaba nada porque no era conveniente el escándalo».

«Cuando aquello, no estaba de moda eso del acoso ni nada por el estilo», me recordó Laura. Y tenía razón, pero sabía que no era una excusa válida y que trataba por todos los medios de salvar una parcela de lo que habían sido unos años que recordaba como felices. La infancia como patria que se predica obviando los claroscuros. «Tampoco nadie nos dijo nada. Se nos permitió…» y se corrigió: « Se nos obligó a continuar como si R. nunca hubiera pasado por nuestras vidas».

«Es complicado explicar que un chaval de trece años, con toda la vida por delante, se ha colgado de la lámpara de su habitación porque no veía solución a lo que le estaba pasando. No conozco a ninguna persona que sea capaz de ello», le solté como una ráfaga.

Un día lo vimos sentado en su pupitre, más o menos en mitad de la clase y al día siguiente R. había desaparecido. Pasaron los días y las semanas y todo era un rumor soterrado de posibles causas mientras todos continuábamos ajenos a lo que realmente sucedió. En el barrio se extendieron todo tipo de teorías. A fin de cuentas, el chico, su familia, no eran de las de toda la vida, habían llegado cuando se construyeron las casas nuevas. Gente en su mayoría que no tenía nada que ver con nosotros por oficio y educación. Su forma de hablar, de comportarse, de vestir, no eran las habituales; nos resultaban completamente ajenas, como si esas personas vinieran de otro país que nos ponían, como un espejo, delante de nuestras miserias. A veces parecían reírse de nosotros, dejándonos en ridículo —o al menos eso entendieron algunos— cada vez que intentábamos, sin conseguirlo, suavizar nuestros modales, lo que hacía que muchos parecieran grotescos en su intento por querer ser quienes no eran.

«R. era un poco… raro», continuó Laura. «Se esforzaba por encajar en el grupo pero…».

Por raro quería decir amanerado, o lo que nos parecía a nosotros amanerado. Tampoco le dimos tiempo para que pudiera llegar a ser algo. Y tenía su gracia porque uno de los que más duro le atizaba era el nieto de un antiguo oficial de la Legión al que expulsaron con deshonor después de una de esas redadas de violetas. Una historia que contaban los viejos del lugar, pero que nadie o casi nadie se paró a escuchar. Alguien dirá eso de las ironías y no seré yo quien lo niegue.

«… no justifica lo que le hicieron», completé. Laura niega con la cabeza, en silencio. «Supongo que fue todo por envidia o resentimiento. R. era para ellos algo molesto porque nos recordaba de dónde veníamos y eso se hacía insoportable».

Sobre todo para unos chavales que se criaron creyéndose la aristocracia del barrio, haciendo suyas las calles. Hijos de familias que pasaban por modélicas, respetadas aunque de puertas para adentro cada una tuviera lo suyo. Quizás por eso se corrió un tupido velo sobre el suicidio de R. Nadie iba a ponerse en contra a toda una comunidad. A fin de cuentas los chicos se habían comportado como tales y el otro no era más que un blando que no pudo con la presión. Estaba poco curtido.

Del día en que explotó todo sólo recuerdo algunos retazos. El alboroto que se montó en cuestión de unos minutos. La pelotonera de críos chillando y la cara desencajada de los profesores que vigilaban el patio del recreo, ajenos hasta ese momento a cuanto había sucedido. R. estaba tirado en el suelo hecho un ovillo, con la nariz reventada por la lluvia de golpes que le había caído encima cuando pasaba entre las dos hileras que lo esperaban como si de un castigo militar se tratara. Según contaron más tarde, tropezó y cayó al suelo. Otros dirían que alguien le puso la zancadilla. Sea como fuere, aprovecharon para machacarlo a conciencia; para escupir sobre él todo el odio que llevaban dentro con el pretexto de un juego infantil, inofensivo. Ahora padres y pedagogos se llevarían las manos a la cabeza, pero entonces no se veía con malos ojos. Salvajadas propias de la edad, decían. Un castigo y ahí se acababa todo. Pero algo tuvo que quebrarse en R. para que dijera basta. Tuvo que adivinar que habían pasado una línea de no retorno y que las cosas no harían sino empeorar y que lo mejor era quitarse de en medio para dejar de sufrir. El sufrimiento se lo pasaba a otros, a los que lo rodeaban y de verdad lo querían.

«Prefiero pensar que no se pudo hacer nada. Que tenía que pasar y punto», reconoció Laura. Una manera de tranquilizarse. «En cierto modo fue lo que hicimos todos, pensar que se mató y ya. Sin plantearnos más nada».

Laura y yo nos lo habíamos dicho ya todo y no tenía más sentido seguir prolongando la conversación o al menos aquella. Estábamos en la puerta de la cafetería, a punto de despedirnos. Quedamos en no perder el contacto. En volvernos a ver más adelante, si bien tenía sus dudas sobre si yo la llamaría o si tendría que ser ella quien volviera a buscarme.

«Avísame cuando nazca», le dije para disipar dudas.

Carlos Martínez Carrasco

 

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