Doble sesión. David G. Panadero

Un libro inolvidable con el sabor melancólico de películas memorables

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David G. Panadero, Doble Sesión: pongamos que hablamos de Madrid. En dos novelas cortas pero caudalosas de vida, emoción y tiempo, David Panadero habla camaleónicamente con todas las lenguas de Madrid, y que lo haga en el do menor de la novela corta no hace sino multiplicar el volumen pentecostal de todo ese vasto tapiz de Madrid tejido en la vastedad de su tiempo. Porque uno de los protagonistas de las dos novelas cortas que forman Doble Sesión es, intangible y a la vez palpable, el tiempo. Es sorprendentemente vivaz y arrollador el ritmo que impone la primera de las dos: José Tascón es un cincuentón que lleva más de 25 años de vida como informador para la policía. Se dice pronto: son 25 y parecen una era. Son el tiempo suficiente para anudar momentos clave en la historia del país: desde el referéndum para la entrada en la OTAN, allá por 1978, hasta las reuniones y cónclaves en los que se va gestando  al 15-M, en 2008.

el verbo vivo, cáustico y a pie de calle, infatigablemente leal a la calle, de David sigue con fuerza y precisión a Tascón

El verbo vivo, cáustico y a pie de calle, infatigablemente leal a la calle, de David sigue con fuerza y precisión a Tascón a lo largo de esa singladura de años e identidades fabricadas por y para la policía: es la autopista principal de esta maravilla de novela corta que es Sin Contraseñas. Y sin embargo, lo más interesante es apartarse del camino y acercarse a las áreas de servicio, los bares, ventas y mesones en que se desdobla el relato, por los apartaderos y meandros de su vía principal. Están llenas de conversaciones, encierran el sabor de una ciudad, Madrid, atrapada en su tiempo. Vale la pena porque el tránsito verbal a través de las idas y venidas por esas avenidas es un gozo y David se asoma sin problemas al problema insondable de la novela: el problema de la identidad. Vale la pena una novela para abordar la identidad, y más si lo hace con una riqueza de tonos y una apertura abisal de posibilidades por las que no es habitual transitar.

una angustia en la que se mezcla la ternura y el vértigo más profundo de la huida

Veinticinco años de identidades falsas han dejado a Tascón huérfano de identidad definida, puro territorio magmático de identidades posibles y múltiples reflejos en múltiples espejos ahormados por la policía para los fines propios de un Leviatán sin nombre, sea cual sea el régimen político imperante. El final está trazado con milimétrica nostalgia y una angustia en la que se mezcla la ternura y el vértigo más profundo de la huida.

España no es un país en el que la novela corta haya encontrado un lugar del todo señero y reconocible. David ha logrado su Bartleby y en cierto modo ha formulado en palabras el enigma que trazaban las guitarras de Enrique Serna en “Ven a la escuela de calor”.

“España seguirá en la Otan” se declara en un momento de la novela, y eso significa lo que significa

De hecho, no sería raro interrumpir la lectura y levantarse un momento para youtubear en mitad de una pausa “Ven a la escuela de calor”. La prosa se ensortija entre los acordes de un tema que podría estar localizado a mitad de la actividad de Tascón como informador. Música y palabras se atraen mutuamente: un momento de Radio Futura crea el clima adecuado para deslizarse por el final de la historia.

volvemos a los signos neolíticos de los 80, las firmas y graffitis de Muelle cartografían un Madrid de barrio y vastas tardes adolescentes

Al final quedan los ecos. A través de Tascón, David nos introduce en la Escuela de Calor de toda una generación, de toda una Transición, de todo un momento en la historia de España. “España seguirá en la Otan” se declara en un momento de la novela, y eso significa lo que significa, pero también que el 15-M será controlado y domado, y desde una breve ficción, habremos entrevisto en la figura de Tascón la sombra de una batalla por el statu quo. Y habremos creído tener la impresión de entender algo más, siquiera intangiblemente, sobre la historia de un país.

Solo que una vez asegurado el statu quo, el sistema no necesita de personas como Tascón. Y una vez que no es necesario, eliminar de la existencia a quien nunca existió realmente se convierte en un problema. Todas las posibilidades agonísticas que encierra ese problema están magníficamente atrapadas en el desenlace final de la novela.

Esta espléndida nouvelle se totaliza en la segunda nouvelle que compone el volumen y que se complementa con la primera como el águila y el sol en un peso azteca: El último vagón. Volvemos a los signos neolíticos de los 80, las firmas y graffitis de Muelle cartografían un Madrid de barrio y vastas tardes adolescentes, un Madrid en el que un artista innato busca su propio sentido como artista, retrato del artista adolescente en un tiempo punk dentro de una ciudad vasta y ajena. Como espejo de su personaje, es preciso decir que David ha encontrado su propio sentido. Deja un libro inolvidable, con el sabor melancólico de películas memorables en esos viejos cines de barrio que ya no existen, con un verbo a pie de calle que atrapa hondos estados tierra adentro.

Vernacci, 2018

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Ramón García

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