La banda de los postizos. David B & Tanquerelle

Caras falsas

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París, cinco de noviembre de 1980. Un grupo de ocho hombres disfrazados asaltan una sede de Crédit Parisien a plena luz del día y durante hora y media se dedican a desbalijar todas y cada una de sus cajas de seguridad. Una vez terminado el golpe, encierran a los clientes, cargan en diferentes coches el botín y proceden a perderse en la urbe. Nace así la banda “de los postizos”, que durante los siguientes años pondrá en jaque a la policía parisina mediante esta técnica.

Más o menos aquí empezaría para el gran público la historia del gang des postiches, que actuó en la realidad entre 1981 y 1986, pero David B y Tanquerelle usan previamente cuatro capítulos a fin de establecer el verdadero inicio, integrantes y motivaciones de la banda para asaltar de una manera tan osada las sedes bancarias parisinas. Aunque llamarlo “verdadero inicio” es un poco osado ya que este tebeo es un relato basado en hechos reales pero no una reconstrucción fidedigna de las acciones de la auténtica banda de los postizos; se cambian fechas, sedes bancarias y nombres a fin de recrear, como dice el título original francés, “una vida imaginaria” que sabe a auténtica.

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David B, nombre con el que firma David Beauchard (Nîmes, 1959), abandona los lápices y los acercamientos autobiográficos y oníricos que le han hecho conocido para realizar una exploración de algunas de las diferentes razones que puede llevar a alguien a dedicarse al robo organizado de bancos y las consecuencias derivadas de este tipo de vida.

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Uno de los riesgos inherentes a este tipo de ejercicios narrativos está en realizar una hagiografía de los protagonistas o de sus oponentes, aquí se logra evitar de dos maneras diferentes pero conectadas, una de fondo y otra de forma. La forma que adopta el relato es el uso de acciones más que de palabras, la banda y sus oponentes policiales hacen, tienen las conversaciones justas para que entendamos esas acciones y sus motivos, y los textos de apoyo se usan en muy contadas ocasiones, desterrándose los bocadillos de pensamiento.

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La obra, en su fondo, evita la hagiografía al mostrar hechos desnudos, sin valoraciones morales evidentes. Ni los atracadores ni los policías son angelitos (de hecho, la auténtica banda de los postizos creó una ristra de imitadores que no siempre surgieron de las filas de los amigos de lo ajeno, cosa que se tiene su reflejo en varios momentos de la obra). Las muertes existen desde un primer momento en ambos lados de la ley, si hay balas y violencia las consecuencias no se hacen esperar ni se modera su crudeza.

Si en un principio la banda promete evitar las muertes eso no impide que dicha decisión, aunque aparentemente se base en un rapto romántico, se vea en entredicho en los enfrentamientos con la policía, ni que muchas de sus acciones sean desagradables para el lector. Tampoco vemos por ninguna parte a Robin Hood ni a revolucionarios a pesar de que Simon Adjaj, impulsor del método usado por la banda, diga: “(…) A los burgueses les da más miedo que les quiten la pasta que corra la sangre”.

Todo lo dicho anteriormente sobre el estilo no impide que los autores sean capaces de crear, mediante dibujos o palabras, imágenes evocadoras. Tampoco falta el sentido del humor, hay citas cultas donde aparentemente no debería haberlas y ver el catálogo de disfraces de los atracadores es casi un guiño continuo. Pero si se rasca un poco en el relato, vemos los síntomas de una enfermedad social que nunca se explicita sino que se deja para que reflexionemos una vez se callan los tiros y las sirenas.

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Los atracadores o vienen de barrios pobres de la capital parisina o de ser machacados en el ejército, el contacto con el crimen crea el germen de la delincuencia entre las filas de la policía y el único agente de la ley que se nos muestra abiertamente como eficiente y, por lo que sabemos, íntegro es tenido por sus colegas como corrupto. Y no sólo se nos muestra ese acanallamiento en los actores principales, la gente que asiste a los desenlaces más trágicos de los atracos está deseosa de sangre y anima a la policía a actuar más como verdugos que como servidores del orden público y los lugares de ese París ochentero son o bien barrios pobres a la espera de una renovación urbanística o lugares frios que invitan más a escapar que a recordarnos los tópicos sobre la capital del romance.

La plasmación en imágenes de todo lo anterior se lo debemos a Hervé Tanquerelle (Nantes, 1972), que muestra las andanzas de la banda usando una rejilla de nueve viñetas, dividas en tres filas de a tres, que irá variando según las necesidades de ritmo y expositivas del relato. Rellena esas viñetas con un estilo realista en los lugares y vestimentas de los personajes pero semicaricaturesco en los rostros, lo cual le permite una gran facilidad para transmitir las diferentes emociones y sensaciones que se generan en los mismos. La sensación de vacío y frialdad se ve acentuada por el uso del bitono con un color azul que, junto al talento para dibujar los emplazamientos de la historia, crean un auténtico relato polar. Ese mismo talento para retratar los lugares nos cerrará la historia mostrándonos en una última página, compuesta de vistas del París de 2004, que enseña un París muy distinto del de los tiempos que parieron a la banda de los postizos, quizá no mejor pero sí diferente.

Este tebeo lo edita en España Norma editorial, dentro de su colección Nómadas, con tapa dura y una ligera reducción de tamaño que no afecta a la lectura, creando un volumen elegante que no desmerece a la historia que contiene.

Norma, 2013

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Miguel Ángel Vega

Poemas góticos