Le puede pasar a cualquiera. Pablo G. Naranjo

Solicitamos a Pablo G. Naranjo un relato navideño para felicitar las fiestas a los lectores y él asegura que lo que sigue lo es. Juzguen por sí mismos. Pónganse cómodos…

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Julián tonteaba con el móvil mientras hacía tiempo dentro del coche. Fuera, el ámbar de las farolas dibujaba círculos sobre el cemento del aparcamiento desierto. Era diciembre, cercana la medianoche, y nadie tenía cuerpo para deambular por la calle, salvo si tenía algo que hacer en el tanatorio.

Eva saldría del tanatorio en cualquier momento y no era plan que le pillara con los pantalones desabrochados y el rabo fuera

Julián levantó la vista de la pantalla y echó un vistazo por la ventanilla. Las luces del tanatorio estaban enturbiadas por el vaho. Luces tenues, casi anaranjadas bajo un velo blanquecino, como un faro siniestro al que no atendía nadie.  Era un edificio anodino, recubierto de gris y colores discretos, como si no quisiera destacar su función entre descampados, vías de servicio y el lejano horizonte lleno de viviendas de protección oficial.

La voz de la radio, con la voz baja del que baja el volumen con desgana, susurraba el parte meteorológico y recordaba que al día siguiente sería el sorteo de la lotería de Navidad. La voz, masculina y profesional, simuló entusiasmo durante unos segundos y pasó a los deportes. Julián volvió al móvil y al rozar de sus dedos sobre la pantalla.

Se había cansado de las fotos de mujeres desnudas y del par de vídeos porno que ya había visto y que estaban pendientes de pasar al cubo de basura virtual. Se había empalmado pero ya se sabía las posturas, las curvas y las miradas de fingida lascivia. No tenía ánimo para una paja rápida en el asiento del conductor. No ánimo ni tiempo, por morboso que pareciera. Eva saldría del tanatorio en cualquier momento y no era plan que le pillara con los pantalones desabrochados y el rabo fuera. Se entretuvo con chistes enviados por amigos, y un paseo rápido y cotillas por las redes sociales de compañeros de trabajo.

El aburrimiento era mejor que acompañar en el sentimiento a una mujer y a un hombre que apenas conocía y poner cara de circunstancias. A Eva se le daba mucho mejor. En el reparto de labores diplomáticas ella era muy superior. Siempre sabía qué decir y cuándo decirlo. Julían sólo sabía balbucear y estar todo el tiempo con la boca abierta.

Un golpe en la ventanilla, que sonó a nudillos de hierro sobre el cristal

Mejor quedarse al margen y hacer de chófer; mirar el móvil, pensar en tías desnudas, en la lotería que no toca y en lo bien que vendría un cigarrillo en esa noche de vaho y relente.

Un golpe en la ventanilla, que sonó a nudillos de hierro sobre el cristal, hizo que el móvil de Julián saltara de su mano y se perdiera en algún hueco entre el acelerador y el pedal de embrague.

Julián intuyó una forma menuda y colorida tras el vaho. Eva había cumplido con los dolientes antes de lo previsto y podrían irse a casa, al ratito de sofá, al vaso de cacao caliente y al nórdico; a las horas previas al madrugón; a restaurar la ruina destrozada por un niño muerto y la obligación de reconfortar lo imposible.

Otro golpe en la ventanilla. Julián vio unos nudillos diminutos que repiquetearon insistentes. Nudillos que no pertenecían a su mujer; ni el abrigo de plumas, de un color parecido al de un refresco de lima derramado sobre la tela; ni el rostro redondo pegado al cristal que miraba hacia el interior del coche con curiosidad.  Era un puñito infantil que repitió el gesto con la vehemencia de un asedio vencido.

―¿Qué?

El puñito desapareció y Julián vio un índice que señalaba hacia abajo. Sin pensarlo, bajó la ventanilla del coche un palmo. El velo del vaho se descorrió por el aire caliente a la fuga. El hombre asomó la cabeza lo justo para aspirar una bocanada de aire helado.

Se encontró con el rostro de un niño que le sonreía. Una sonrisa llena de huecos, del color de la leche, amplia y amistosa. Era un gitanillo y no tendría más de diez años, calculó Julián. Aunque con esa gente nunca se sabía. Vio el pelo crespo e indómito y el brillo inteligente de sus ojos negros y grandes.

―¿Qué haces aquí, chaval? ―preguntó. Sus dedos tantearon el suelo del coche en busca del móvil. Encorvado, el chiquillo parecía más alto, y la ventanilla formaba una frontera acristalada a la altura del puente de la nariz―. Es muy tarde. ¿Te pasa algo?

―Es el aparcamiento de ahí ―dijo el niño. Señaló el tanatorio sin nombrarlo. Tal vez no supiera el nombre del edificio, pero Julián estaba seguro que conocía su utilidad. Eran niños viejos, se dijo. Niños que lo saben todo demasiado pronto―. Y estás en el aparcamiento.

Julián se tomó el tuteo como una ofensa. El tuteo a los adultos era síntoma de mala educación. De que alguien no había hecho bien su trabajo.

―¿Y qué? Este aparcamiento es gratis a esta hora. Es medianoche ―replicó. Bajó un poco más la ventanilla y terminó de asomarse.

―Tienes que pagarme ―dijo el niño sin abandonar la sonrisa color hueso.

―¿Pagarte? ―Julián alargó el cuello y miró a ambos lados. El niño estaba solo. Un pequeñajo cubierto con un abrigo chillón que no dejaba de sonreír―. Vamos, hombre. No pienso pagarte nada. ¿Estamos locos, niño?

―Tienes que darme algo por estar aquí.

―Pues vas listo, chaval.

El hombre metió la cabeza en el habitáculo y cerró la ventanilla sin esperar respuesta del niño. «Habrase visto, el niño de mierda. Que le pague, dice. Sí, claro. Le voy a pagar un mojón». Se agachó y continuó la búsqueda del móvil sin dejar de mirar por encima del hombro. El niño seguía allí. Todo sonrisas. Con el puñito en alto. En mitad de la noche helada.

«Te voy a dar un carajo». El móvil no aparecía. Tanteó el suelo y tocó un ticket del Mercadona arrugado y el capuchón de un bolígrafo.  Volvió a mirar y el niño ya no estaba. «Anda y vete a dormir. ¿Qué clase de padres manda a un niño a pedir con la que está cayendo? Estamos locos. El mundo se va a la mierda».

El matrimonio funciona con el lubricante de lo que se calla

La bruma del oxígeno ya respirado retornó al coche y las luces del tanatorio volvieron a encharcarse. Y Eva sin volver, enredada en pésames y abrazos, en anécdotas estúpidas y en promesas que pretendían reconfortar. Debería estar allí; deberían conducir a casa mientras Julián le contaba lo del gitanillo. Mejor no. No le contaría nada. Se anticipó a la mirada de reproche de ella, las preguntas sobre por qué no le había dado algo de suelto, si no le daba pena un niño aterido, en mitad de la nada. Mejor callárselo como tantas otras cosas. El matrimonio funciona con el lubricante de lo que se calla. Se lo dijo su padre el día de la boda.

La primera pedrada dio de lleno en el espejo retrovisor. El sonido fue seco, como el de un disparo a quemarropa. Julián vio la nube de fragmentos y la sombra fugaz de algo caer al suelo.

―¡Hostia!

La siguiente pedrada dio de lleno en la luna trasera. Sonó como una patada de metal sobre cristales rotos. Julián gritó al ver la telaraña que abarcaba toda la luna. Un grito casi femenino que le provocó un acceso de risa involuntaria al oírse. Se olvidó del móvil y arrancó el coche. Giró la llave con violencia y temió que se partiera. El motor rugió después del letargo en el frío. Los faros taladraron el aparcamiento vacío.

La radio seguía sonando.

Julián metió la marcha atrás y pisó el acelerador. La luna quebrada le impedía ver algo más que fragmentos de cristal. El coche recorrió diez, quince metros. Julián dio un volantazo en busca de la salida del aparcamiento y las luces del tanatorio. Dejaría el coche en la puerta y llamaría a la policía. Denuncia y parte al seguro. Quebraderos de cabeza. Por culpa de un niño de mierda.

El coche se frenó de golpe, como si hubiera chocado con un resalto inesperado. El motor chirrió y se revolucionó. La caja de cambios decidió pasar de marcha atrás a punto muerto, como si algo trasteara en los bajos del coche.

Olor a goma y gasolina quemada.

Julián paró el motor y agarró la manilla de la puerta. Boqueó con el corazón desbocado. Bajó del coche con la certeza de lo que iba a encontrar.

Se abrazó a sí mismo por el frío y por el miedo. El aliento escarchado que salía de su boca era una columna que se fundía en la negrura. Un aliento que ya no tenía el chiquillo encajado entre las ruedas de su BMW de kilómetro cero. El niño estaba igual, como si no hubiera ocurrido nada: la misma sonrisa burlona y los mismos ojos negros y sabios que parecían saberlo todo. Igual salvo por las huellas de neumáticos que ensuciaban la tela del abrigo y un hilo casi invisible de sangre que se adivinaba bajo la nunca.

Julián observó al niño durante unos segundos. Sin pensar en nada. Sin sentir nada. Como si todo eso fuera con otro y su única participación fuera ser testigo de algo que sería un pequeño hueco en las noticias del día siguiente. Un comentario en la sección de local. Un trágico accidente. Algo que le podría pasar a cualquiera.

Miró al chiquillo y quiso odiarle

No vio movimiento en los alrededores del tanatorio. Ningún ruido que acompañara el chirriar de los neumáticos. Ni un grito de alarma. Ni la sirena de un coche patrulla. Era pronto. Había sido una tragedia en una isla de cemento. Nadie había visto nada. Julián se permitió volver a respirar. Volver a pensar. La maquinaria, poco a poco, se puso en marcha. No había sido culpa suya.

Había sido un accidente.

Eso es. Iría al tanatorio, encontraría a su mujer y llamarían juntos a una ambulancia. Supuso que no le tendrían en cuenta las tres cervezas ni la copa de vino de la cena. Había sido hace un par de horas. Estaba en perfecta forma. Y el niño le había partido la luna. Había sido su puta culpa. Miró al chiquillo y quiso odiarle.

Levantó la vista y vio algo entre los parterres que rodeaban el aparcamiento. Sintió el latigazo del miedo en los testículos, en la boca del estómago, en el sudor que le helaba la camisa. Una figura le observaba. Igual de diminuta que el niño. Vestida con un abrigo parecido. Una niña. Se parecía al chiquillo. Pese a la oscuridad se apreciaban los mismos rasgos afilados, la misma negrura en los ojos.

Pero no había sonrisa. Julián vio la piedra en la mano de la criatura. Del tamaño de un puño. O del cráneo de un niño. Un cráneo deforme, como si también lo hubieran aplastado con una rueda. Una piedra llena de aristas y ángulos.

Julián apretó los dientes y calibró cuántos golpes necesitaría para que esa piedra le abriera la cabeza. Estaba seguro de que esa niña tendría la fuerza necesaria.

Pablo G. Naranjo

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Pablo García Naranjo (Sabadell, 1979). Vive en Sevilla con su mujer, dos hijas, una perra gruñona y dos podencos rescatados. Antes de encontrar su lugar en el mundo de los chupatintas trabajó como reponedor, repartidor de colchones, y en ese Matrix de baratillo que es el mundo del Telemarketing. Como detesta esa parte de las biografías donde se dice que el autor escribe desde que tiene memoria, sólo puede afirmar que tuvo una epifanía a los treinta y tres años y desde entonces se ha bregado en diversas antologías de relatos, artículos y colaboraciones varias donde, por supuesto, jamás ha viso un duro. Es autor de la novela pulp Laguna Negra (2014), de la de acción criminal Coburn (2015); ha cultivado la ciencia ficción con El hombre spam (2015), y el terror con Purgatorio(2016). Bajo el pseudónimo Declan Sinnot , escribe novelizaciones de películas de género. Todas publicadas con la editorial Tyrannosaurus Books. Su última novela, publicada en Cuadernos del Laberinto, es la secuela de Coburn, La misericordia del verdugo.

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