CinEast 2018

El festival CinEast concentra lo más destacado de la producción cinematográfica en Europa del Este, desde los Balcanes hasta el Báltico

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Con el otoño llega a Luxemburgo CinEast: un festival que concentra lo más destacado de la producción cinematográfica en Europa del Este, desde los Balcanes hasta el Báltico. Abriéndose paso hacia las salas entre las primeras hojas caídas del otoño, el blanco y negro de dos elegantes películas polacas: Más allá de las palabras, de Urszula Antoniak, y Guerra Fría, de Pawel Pawlikovski constituían una primera aproximación al pequeño grupo de películas de género negro dentro de las más de 70 producciones presentadas.

sugerente reflexión sobre el drama de la identidad

La primera restituye el Berlín fotografiado por Wenders y devuelve una sugerente reflexión sobre el drama de la identidad, cuando se es joven, brillante y uno podría ser alemán, pero es polaco, y hay un poeta negro que busca ayuda, y un padre que viene a despedirse; en la segunda Pawlikowsy recrea poéticamente la juventud de sus padres a caballo entre los dos frentes de la guerra fría, entre el vibrante folklore de la Polonia rural y las salas de jazz, llenas de humo y existencialismo, en el París de finales de los cincuenta. Pero en 2018 hubo otro hilo conductor. La guerra y el reportaje de guerra, una constante en el cine de Europa del Este en 2018. Valga mencionar Un día más con vida, vibrante adaptación, un cuarto polaca (Damien Nenow) tres cuartos española (co-director Raúl de la Fuente, guionista  Amaia Remírez, producción y capital fundamentalmente españoles) de Another day of life, el primer libro de crónica periodística, insuflado también de ambición literaria, en el que Ryszard Kapuckinsky cubría en 1975 la revolución en Angola y su independencia de Portugal, el Portugal que a su vez pasaba por la revolución de los claveles.

Uno de los momentos clave en el libro y en la fulgurante adaptación cinematográfica, en la que animación se intercala con rodaje real, se produce cuando Kapucinsky. Desde Sa Pereira en el sur de Angola, se da cuenta de que no podrá escribir sobre la guerra secreta librada por la fuerza expedicionaria cubana contra el ejército de África del Sur, apoyado por la CIA (en Cuito Canavale se decidiría la suerte del apartheid, la más fantasmal batalla del siglo XX). Era prácticamente el único reportero en el sur de Angola testigo de la invasión sudafricana en la fase final del conflicto. Y sin embargo no iba a poder contarlo al mundo, un mundo que quizá no quería oír. Hay un sabor épico en la película y hasta en la mera satisfacción de haber logrado culminar una animación en la que cada trazo está medido y casi esculpido. Es de algún modo jubilatorio que la historia de Kapucinsky en Angola se deje al fin oír. Pero el género negro se compone en buena parte de secretos inaudibles. Y una película en particular destacó como portadora del dolor que se esconde tras ese silencio. Entre la vasta y heterogénea selección del festival, aparecía también como indicativa de los senderos por los que transita el género negro en un vasto arco geográfico que une el Báltico con el Mediterráneo.

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Latvia

Su título: Balkan Noir, del director sueco de origen bosnio Drazen Kuljanin. Sabía que no obtendría ningún premio, ni mención, ni ninguna distinción honorífica. No es una película para jurados políticamente correctos, con marcada predilección por el cine formalmente artístico. Pero es una película muy dura, coherente y concreta sobre un problema que se ha convertido casi en epidemia.

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Un críptico detective montenegrino ayuda (o tal vez la palabra justa es exactamente la contraria) a una mujer sueca que intenta encontrar el rastro de su hija perdida durante unas vacaciones en Montenegro. Por temática, la película emparenta con La isla mínima de Alberto Rodríguez, y con toda una serie de películas, ya casi un género dentro del género: películas que intentan decir algo sobre un fantasma presente en la superestructura social, y cuya mera mención puede acarrear problemas: películas que, casi como en un susurro, susurran el problema de la pederastia global. La primera noticia leída al salir de la sala de proyección informaba de que el primer ministro australiano reconocía ese día (por primera vez en un Parlamento) que más de 35,000 niños habían desaparecido en su país, muchos habían sido objeto de abusos sexuales, muchos habían sido sacrificados.

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Teret

Aunque emparente con La isla mínima, el ritmo es hipnóticamente sueco. Vemos en la primera escena a una pareja durante la presentación de un libro del que son autores, y por la conversación que entablan durante la firma de ejemplares sabemos de inmediato que hay un problema no resuelto. Sabemos que el padre ha aceptado la pérdida de la niña, sabemos que la madre no. Y que para recuperar a la niña hay una persona con la que han entrado en contacto, un detective de Montenegro. Pronto capta la pantalla el detective con la oscuridad húmeda de sus ojos, la expresión dolorosa y alerta de un rostro alargado con aristas y como tallado, mientras escucha una voz poderosa y misteriosa.

Lo que parecía una conversación amistosa no es tal; un movimiento de cámara nos descubre que esta encañonado por un individuo que le conmina en última instancia a mantener silencio. Es la primera señal que se teje en torno a la desaparición y las que vendrán a continuación no son menos ominosas. En breves pinceladas aparecen todos los elementos de una vida familiar deshecha y el dolor de una madre. Es la madre la que aparece en Montenegro, imperiosa. Han pasado cinco años. Montenegro ha olvidado la desaparición y todo el mundo prefiere mantener el caso olvidado. Lo primero que hace ella es comprar una pistola, decidida, segura de una venganza, y sin billete de vuelta: no saldrá de Montenegro sin haber descubierto quién ha secuestrado a su hija, y sin que, quien lo haya hecho, pague por ello. La película se enhebra de imágenes de publicidad de marcas de tabaco en los años 50 que operan como un contrapunto insinuante e inquietante. Se fuma mucho: la venganza habrá de consumarse en veinte cigarrillos. La mujer y el detective se encuentran. El le entrega la investigación, y le previene de lo que puede ocurrir.

Vista en los días en que se daban a conocer los pormenores del caso Bar España, la película venía a introducir una nueva tonalidad en el que parece haber sido el tema principal del imaginario negro a lo largo del año: la pedofilia y las redes que se ocultan tras la desaparición de miles de niños cada año en Europa. ¿La masonería y sus ritos satánicos? La película queda abierta a posibles resoluciones e interpretaciones. Pero el final es todo menos feliz. No es buena idea dejar una plancha al rojo vivo sobre la mejilla de un mafioso montenegrino: en la última escena, el espectador descubrirá la suerte reservada a la madre, y cobran un aura espeluznante los acordes de “Chiquitita”, la vieja canción de Abba. Unas palabras para intentar salvar del olvido a una película que podría diluirse en el océano de la distribución, y que merece sin embargo un visionado

Sin salir de los Balcanes, de la antigua Yugoslavia, otros dos títulos nos dirigen a muy potentes visiones del género desde Serbia y desde Croacia. La primera de estas dos películas (unidas por la presencia magnética del actor croata Serguei Lucev) sí tendrá visionado: de hecho acaba de pasar por España, en el marco del Festival de Cine de Gijón. Su título es La Carga (Teret)

The Load / Teret

(Serbia, France, Croatia, Iran, Qatar, 2018)

 Ognjen Glavonić,

No puede haber nada más desolador que las carreteras de Yugoslavia durante la guerra y especialmente durante la fase final del conflicto, ya casi a las puertas del nuevo siglo, cuando la OTAN bombardeó Serbia con el fin, en teoría, de poner fin a los abusos cometidos por las tropas serbias en Kosovo: los caminos solo eran alambres sobre territorio devastado y solo se abrían paso en una geografía de la desolación.

Todo eso emana de La carga: una road-movie trágica a través de la Serbia devastada por los bombardeos de la Otan, en 1999. Sabemos que el camión procede de Kosovo (se trata de un camión, es la historia de su conductor) y que su destino es Belgrado. Y para cuando sabemos en qué consiste esa carga, todas las señas de identidad de una guerra han quedado poderosamente impresas sobre la pantalla. La cámara de Ognjen Glavonic tiene una gramática implacable, justa y precisa. Cada elemento cuenta, como una pequeña cuenta en el rosario de dolor que acarrea el conflicto: por ejemplo, la pérdida de un encendedor entregado a un autoestopista rescatado por el camino. Serbia era en ese momento, 1999,  un país en grado cero. Carreteras de Serbia: hacia la derecha el infierno, hacia la izquierda, la nada, y en el interior de un camión todo el horror de lo que estaba ocurriendo en Kosovo.

De los efectos psicológicos de la guerra sobre un grupo de veteranos croatas trata otra coherente, sólida, convincente película: Los hombres no lloran, dirigida por Alen Drljevic. La voz del actor esloveno Sebastian Cavazza, que encarna a un psicólogo para casos desesperados, acota los duros costados de la vida de estos hombres, marcados aún psicológicamente por una guerra que no consiguen digerir, veinte años después de acabado el conflicto: el primero le dio a uno de sus subordinados la orden de defender una casa aislada y fue masacrado, otro estuvo a punto de ser degollado, uno más fue uno de los verdugos de Srebrenica, otro fue obligado por su madre a alistarse en el ejército ya en los últimos compases del conflicto, y en la primera acción perdió por efecto de una explosión el uso de sus piernas. Veinte años después, ninguno  ha superado sus traumas y en un hotel aislado de los Alpes julianos, bajo cielos tormentosos, intenta remedar su tragedia para buscar una epifanía que permita seguir adelante y retomar el ritmo de unas vidas rotas.

La película funciona porque esos traumas cobran vida y se hacen comprensibles en la pantalla. También por la voz de Cavazza, que presta a la narración una sonoridad de viejo western.

El Fundamento de la Excelencia Criminal

(Letonia, 2018)

Oskar Rupenheits

Letonia era el país invitado del festival, y de Letonia llegó una de las películas más frescas: un inesperado placer. Los fundamentos de la excelencia criminal es una comedia negra que consigue traer continuamente a la cabeza el recuerdo de Billy Wilder. Un guionista se encuentra de pronto con que su cadena de televisión le contrata para escribir una serie criminal. Ayuno de toda experiencia en materia criminal, la única manera de solventar sus limitaciones es ensayar con pequeños robos y trapicheos en la vida real: para practicar, para aprender. El problema es que la cosa se va complicando poco a poco y termina saliéndose por completo de madre. Saber que no se trata de actores profesionales, y que el papel del guionista está representado por un político real en el parlamento letón no hace sino añadir un final aún más Billy Wilder, la guinda sobre un sabroso pastel.

Donbass

(Alemania, Ucrania, Francia, Holanda, Rumanía, 2018)

Sergei Loznitsa

Sería imperdonable no mencionar la última película de Lonitza, Donbass. Serguei Lonitzka se libra a una de sus vastas y complejas metáforas: hasta cierto punto, propaganda antirrusa de alta calidad cinematográfica, también una extraña y vasta circunvalación metafísica, en negro, sobre el asesinato del equipo de una película que está rodando un documental sobre Donbass, en el territorio pro-ruso de Ucrania. Descripción perfecta y conradiana de una guerra de baja intensidad, la película muestra que cuando la guerra se transforma en muerte y miseria no existe baja intensidad. Obviamente, los prorusos están pintados bajo toda posible luz denigratoria. Lonitzka es inmisericorde con Rusia, y a la vez es uno de los grandes herederos de toda la tradición narrativa rusa. Las imágenes nos enfrentan a las calles de Donetsk, y sabemos que estas son las calles de Ucranía, y también de un territorio segregado y en guerra. Estas son las circunstancia de una guerra dolorosa y sin embargo localizada, que no acaba de transformarse en conflicto generalizado. La masacre del equipo que está rodando la película es uno de los finales más sorprendentes, y genuinamente negros, de todo el cine visto este año.

Ramón García

Cordelia Caso Greene