Sitges 2018 (III): El fantasma de un género

¿Qué es el fantástico? Fantástico es todo aquello que el festival de Sitges dice que es fantástico

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Tal ha sido la consigna tácita en los últimos tiempos, en que se tachaba de integrista toda crítica que negara la adscripción al género de películas como Borgman, Holy Motors o Swiss Army Man o Clímax este año, ganadoras del festival en sus respectivas ediciones. En nombre de un feliz eclecticismo se daba cabida prácticamente a cualquier propuesta dotada de carga surrealista, atmosférica o simplemente extraña, confundiendo así lo irreal —o lo real de los tratos con distribuidoras— con lo fantástico, lo que en la práctica acarreaba una pérdida de peso relativo de este en la programación. Por otro lado y en paralelo a a las acusaciones de fundamentalismo, se aplaudía la mayor ola de nostalgia que ha vivido el género en las últimas décadas, fuera en producciones grandes (It, Blade Runner 2049), pequeñas (Turbo Kid, The Void) o televisivas (Stranger Things). Al margen del talento de sus artífices, el fantástico acuñado por estos dos factores suele aunar discurso maleable y servilismo hacia el fan que le da de comer, y esta edición no podía brindarnos mejor ejemplo que Mandy.

conciliando el espíritu lisérgico de los 70 con la fragilidad de lo virtual propia de nuestra época

La trayectoria de la película de Panos Cosmatos es paradigmática del estado de la cuestión: estruendoso nacimiento en Sundance, agonía después de su salida en streaming y de sus pases en Sitges —donde ya fue recibida con más tibieza que en otros festivales—, muerte en un precario estreno comercial en España. Signos inequívocos de una burbuja del perfil generacional y socioeconómico apuntado en la entrega anterior, demandante de un género esterilizado y estabulado dentro de sus pautas de consumo cultural. El film en sí no carece de interés: su primera parte aprovecha la ambientación onírica para cavilaciones indiferenciadas entre lo romántico y lo cósmico, conciliando el espíritu lisérgico de los 70 con la fragilidad de lo virtual propia de nuestra época. Logros que el metraje posterior, en pos de los aplausos del público cómplice, devalúa sumándose a la larga lista de memexploitations de Nicolas Cage, previsible y rutinariamente desatado. Un giro que delata una faceta conformista en Cosmatos que no se compadece con la gran visión que le atribuyen sus fans, pero que ya era palpable en el complaciente montaje con que maltrató la rica imaginería de Beyond the Black Rainbow.

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Con las mismas condiciones de partida —interpretación laxa del fantástico, conciencia de un subgénero tan popular como el de psychokillers— Lars Von Trier obtiene resultados diametralmente opuestos en The House That Jack Built, una de esas pocas películas capaces de reactivar la memoria del género que aún conserva el festival, donde se acogió con el entusiasmo que Cannes no le dispensó. Comedia negra episódica sobre un asesino en serie, su análisis desbordaría por completo el espacio del que disponemos; por el momento cabe apuntar que prolonga la exploración misántropa y apasionada del mundo que caracteriza la última etapa del danés, la cual, y esto es aquí lo importante, abunda en lecturas contraculturales purgadas del fantástico actual.

Estas obras de gran calibre (que, como vemos, no equivale a capacidad de penetración), bienvenidas por el maximalismo al que tiende todo festival regado con subvenciones y patrocinios, son en realidad aparatosas manifestaciones del espectro de un género que recorre el circuito de festivales. Se trata de la desemantización de las claves genéricos que antaño cobijaban discursos subversivos o provocadores, hasta el punto que a menudo el código deviene el mensaje, conduciendo a manierismos temáticos y a una ritualización del consumo del fantástico. Por ello alegra toparse con películas a contracorriente que, por pequeñas que sean, no renuncian a un sentido pleno, existencial, de sus imágenes. Es el caso de The Head de Jordan Downey, la historia de un guerrero que caza demonios al servicio de un señor feudal, con tanta lealtad como esperanza de dar con aquel que le arrebató a su hija años atrás. A pesar de su corta duración (o quizá debido a ello), es difícil sustraerse a la sensación de contemplar un corto alargado, efecto pronunciado por lo reiterativo del guion y lo conservador del montaje. Sin embargo, el minimalismo del relato (prácticamente solo hay un personaje), su atmósfera coherentemente desolada —se basta con los tonos ocres del ramaje o la penumbra fría y miserable de una choza para evocar más que las grandilocuentes La bruja o Hereditary— y su uso riguroso de la elipsis invocan un universo que remite a Robert E. Howard y sus hombres aferrados a extraños dioses y principios como únicos asideros ante un horror cósmico omnipresente. Una aproximación en las antípodas de la argentina Aterrados, la cual, sin embargo, no es menos honesta: consciente de los manierismos a los que aludíamos más arriba, se acoge a ellos y los modifica para restaurar de nuevo su capacidad de impacto. Con lecciones aprendidas de James Wan y el J-Horror de la pasada década, Demián Rugna calcula los tiempos de preparación y de exposición de las imágenes más truculentas para llevar al espectador más allá del susto y dejar huella en su memoria visual. Aunque no pueda decirse lo mismo de un conjunto afectado por un guion indeciso, apenas un vehículo para conectar tales escenas, lo normal sería ver en breve a Rugna huir de ese corredor de la muerte de autores que a veces es el circuito de festivales y transitar al lado de otros cineastas volcados en reinterpretar y restaurar los códigos del género, como Mike Flanagan o Fede Álvarez.

lo que orbita en torno al centro de gravedad de Sitges son memoria y
restos disgregados de un género

Como vemos y a semejanza de los anillos de Saturno, que parecen bellos y compactos pero de cerca no son más que fragmentos de hielo y rocas, lo que orbita en torno al centro de gravedad de Sitges son memoria y restos disgregados de un género. De ahí el valor de una propuesta con perspectiva histórica y voluntad estructuradora de tales restos como Ghostland de Pascal Laugier, probablemente la película de terror del año. Último jalón de una trayectoria marcada por la reflexión incómoda de trabajos como Martyrs o El hombre de las sombras, en lo que podría tomarse por un enrevesado artefacto American Gothic el francés incardina un concepto definitorio de nuestra era: la autoconsciencia del horror. En su film más cercano a su ópera prima Saint Ange, una vez más el director nos presenta a mujeres capaces de alcanzar estados de percepción que podrían pasar por espirituales, pero que en realidad participan de un materialismo radical, que asimila el dolor y la muerte como parte integral de la existencia. Un alegato a favor de una honda comprensión del mundo aun al precio de instalarse en el horror permanente, en oposición a la placidez recreativa de las burbujas ficcionales y las redes sociales que las retroalimentan.

tradición de documentales sobre freaks autorrealizados gracias a sus aficiones
al margen de la sociedad

Una de esas burbujas, como hemos venido explicando, es la del propio festival de Sitges. Por eso mismo anima hallar dentro de él ciertas constantes que, a través de los años y a modo de anticuerpos, contradicen las tendencias principales de la programación. Una de ellas es la (poco reivindicada) tradición de documentales sobre freaks autorrealizados gracias a sus aficiones al margen de la sociedad; los paralelismos entre tales sujetos y nosotros, el público del festival, acostumbran a ser sangrantes y gozosos. Uno de estos personajes es el guardia de seguridad que, según nos cuenta la australiana Ghosthunter, en sus ratos libres se dedica a ahuyentar espíritus indeseados que moran en casas ajenas. Pronto el centro de atención se desplaza desde esa curiosa interacción con lo “paranormal” hacia el propio protagonista, del que se nos van revelando las múltiples capas de su personalidad contradictoria e inestable. Con un tratamiento naturalista, propio de cualquiera de los reality que se estrenan cada semana en televisión por cable, su director Ben Lawrence demuestra que basta una elección inteligente del enfoque y perserverancia en mantenerlo para dejar expuestos los mecanismos de autogestión de nuestras contradicciones. Entre ellas y por descontado, el fantástico, que no son los fantasmas que afirma cazar el malogrado protagonista. Porque ¿qué es el fantástico? Y tú me lo preguntas, te dice el festival a través de las gafas de sol de sus invitados en la alfombra roja. Fantástico eres tú.

Álvaro Peña

Cordelia Caso Greene