Una historia negra. Antonella Lattanzi

Lattanzi, narradora que no se contenta con la convención, fluye como una corriente vertiginosa

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«Juro que te mato, Carla, te degüello como a un cerdo, y mato también a nuestros hijos». Como un puñetazo en el estómago, esta frase cierra el capítulo inicial, apenas cuatro páginas, de Una historia negra (publicada por Roja & Negra y con traducción de César Palma). Son la primeras palabras de la bestia llamada Vito que aparecen en el texto y confirman la angustiosa sensación de que la novelista italiana Antonella Lattanzi nos ha soltado a los lectores en medio de una historia sobre violencia machista, es decir, un drama que no le supondrá a nadie una desagradable sorpresa (o debería ser así) porque se ha hecho horriblemente cotidiano, como demuestra cada semana la crónica de sucesos.

un caleidoscopio de puntos de vista y de retratos psicológicos

El clima de amenaza que se cierne sobre la protagonista y la angustia de la huida recuerdan mucho a Custodia compartida de Xavier Legrand, la película francesa reciente que, sin salirse de la austeridad narrativa, adoptaba tonalidades propias de un cuento de terror. Aquí, sin embargo, la perspectiva evoluciona, pues el infierno en que Vito convierte la vida de su exmujer Carla y los sucesos criminales posteriores (tras una velada para celebrar el cumpleaños de la hija pequeña, él desaparece) se modulan pronto a la manera de un relato policiaco con un engranaje de diálogos y acciones, diálogos y acciones, puesto a funcionar a las mil maravillas. Una historia negra, en realidad, va más allá de la escenificación de una denuncia del machismo asesino, realidad social que se condena sin ambages, y plantea un estudio sobre la ambigüedad y lo erróneo de aplicar las mismas simples plantillas a la explicación de cualquier hecho desgraciado.

De una desaparición pasamos a un crimen. De un crimen con responsable confesa a un proceso que se alarga en el tiempo y establece un escenario que le permite componer a Lattanzi un caleidoscopio de puntos de vista y de retratos psicológicos, que pertenecen, unos y otros, a los implicados, los familiares, algunos allegados secretos y los representantes de la policía y la justicia. Es admirable cómo lo hace la escritora, sin apenas comentario de la voz narradora. Solo a través de conversaciones entre personajes, durante las distintas confrontaciones que van surgiendo, y del mínimo apunte a las reacciones que estos tienen ante cualquier pista que abra el camino para vislumbrar la verdad… o las diversas verdades. Y después, completando la identificación definitiva con nuestra sociedad, o sea, con nosotros mismos, estaría la naturaleza doble del proceso: judicial (el intento por desentrañar el enmarañado qué ha pasado) y también mediático (la condena popular de la malvada).

Esta estupenda novela policiaca es de las que contienen una investigación sin investigador principal. La escritora le ha encomendado la tarea al lector, pero aún hay más, pues además este se ve obligado, desde el examen de su propia conciencia, a plantearse cómo reaccionaría si estuviera en la piel de todos y cada uno de los personajes. Latanzzi demuestra dotes de narradora que no se contenta con la convención, empezando por su prosa, que fluye como una corriente vertiginosa, prefiriendo a menudo las comas al punto y seguido. Aunque si debemos señalar la singularidad que transforma, por último, la novela en una perturbadora experiencia sensorial es la forma en que aparece Roma, el escenario de la acción. Aparte del nombre de alguna calle y una única descripción muy reveladora («los transeúntes […] se condensaban en los lugares más turísticos de Roma, se agrumaban y dispersaban como miríadas de hormigas y gusanos, regresaban a casa y de Roma recordaban el empedrado y las fuentes», pág. 53), la Ciudad Eterna se caracteriza empleando solo dos elementos ambientales que se repiten. Las gaviotas, siempre desagradables, aparecen en muchos momentos de la primera parte, como aquella que «graznó, se lanzó en picado contra la paloma, como si fuese mantequilla le partió el cráneo y se puso a picotearlo» (pág. 33). Y en las páginas de la segunda es constante la presencia de la lluvia: «Llovía desde hacía días, gotas pequeñas y persistentes que no caían hacia un lado como siempre, sino por todos lados, desde arriba, por la derecha, por la izquierda y también entraban por debajo, se habían juntado todos los vientos del mundo» (pág. 168). La sensación es, en cualquier caso, que esa agua nunca será purificadora ni revitalizante.

Roja & Negra, 2018

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Santiago Alonso

Poemas góticos