El envío. Sebastian Fitzek

Relatos pensados como si fueran cinematográficos y se trasmiten sin más en palabras

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El envío es el último thriller del autor superventas Sebastian Fitzek, y el volumen en el que se publica incluye, una vez se ha puesto el punto final a la historia, un interesante apéndice. Considerado el rey del género en Alemania, con un número elevadísimo de lectores entregados a todo lo que ha escrito durante los diez años que lleva de carrera, Fitzek cuenta en estas últimas páginas que desde sus inicios hasta ahora habrá recibido más de cuarenta mil cartas de sus seguidores. En ellas los agradecimientos se mezclan a menudo con historias personales, alguna bastante conmovedora, en relación al momento en que cada persona tenía entre manos un libro de Fitzek. Después de haber leído la quincena de cartas seleccionadas para la ocasión, el lector que no haya caído hechizado ante las maneras del alemán, como es el caso de quien teclea estas líneas, no cambiará de opinión, pero al menos le gustará comprobar que sigue existiendo la pasión por la lectura, y también su poder benéfico.

el psicópata que la violó y ahora la persigue, los enigmáticos paquetes, el perro envenenado, el vecino inquietante y sus pelucas, el marido policía y un compañero que algo oculta…

Aquí va la opinión de un no convencido. A este le parece que El envío adolece del principal problema de muchos relatos pensados como si fueran cinematográficos y se trasmiten sin más en palabras: si son leídos parecen fuera de su medio natural; no parecen haberse convertido en obra viva. Y eso se debe a que no encontramos en ellos hallazgos expresivos relevantes, singularidades del discurso o elementos distintivos propios, más allá de aportar alguna imagen poderosa. Fitzek, en el mencionado apéndice, reconoce que su pasión por el suspense no proviene de la literatura, sino de películas como Rollerball, Curso 1984 o 1997: Rescate en Nueva York. Y solo se nota para bien en los dos mejores aciertos de este trabajo, posiblemente los únicos.

El primero se puede contar; el segundo no, porque revela una sorpresa del final, aunque podemos mencionar que tiene que ver con el concepto de una puesta en escena secreta; de nuevo, algo visual. En el prólogo, lo mejor de toda la novela, nos encontramos con un siniestro ángel de la guarda dentro del armario de una niña que, ya de adulta, será la protagonista. El misterioso, casi imposible personaje lleva un casco de motorista para ocultar su identidad, como si hubiera sido sacado de cualquiera de los títulos cinematográficos apenas mencionados.

Después hay otros elementos, por supuesto, como la construcción del suspense, pero aquí Fitzek parece prisionero de su propio planteamiento. Cada capítulo debe acabar con una revelación, un peligro inminente que se cierne sobre la protagonista o un punto álgido electrizante. Cumplir esto en cada uno de los cincuenta y cinco que componen El envío termina provocando distensión y que pensemos un poco que nos están tomando el pelo. Porque la psiquiatra Emma Stein sufre un cúmulo de tensiones a presión: el psicópata que la violó y ahora la persigue, los enigmáticos paquetes, el perro envenenado, el vecino inquietante y sus pelucas, el marido policía y un compañero que algo oculta, la amiga que la traiciona, los mafiosos rusos… Tan rocambolesco y abigarrado es todo, que nada cobra un peso efectivo, y a cada nuevo sufrimiento extremo de Emma, con el pasar de pocas páginas, ya se nos ha olvidado el anterior. Las sobredosis de sucesos y emociones requieren de un arte muy especial que conocían muy bien los mejores folletinistas y los mejores escritores de quiosco. Un arte que apenas asoma por las páginas de esta novela. Al menos cree haberlo visto un lector que no se hará incondicional de alemán.

Ediciones B, 2018

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Santiago Alonso

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