Sitges 2018 (I): Fantástico de pollo, Fantástico de atún

Hubo un tiempo en que Sitges no era una fiesta, sino un festival…

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Es posible que el lector tenga dudas, después de leer el título, sobre si esta es una crónica seria. Esa misma pregunta nos hicimos al respecto de la 51ª edición del festival de Sitges muchos de los asistentes, pero también cualquier cinéfilo que siguiera la actualidad de aquellos días. Dejaré, por tanto, que sean los lectores quienes juzguen el grado de seriedad de unos y otros.

antes en Sitges, el cine estaba por encima de los eventos, las celebridades, los experimentos sociológicos y a la juerga

Resumimos la polémica para aquellos ajenos a la misma: como muestra de adaptación a los nuevos tiempos de explotación del audiovisual, en esta edición el célebre festival de cine fantástico decidió invitar a youtubers. Aparte de El Rubius como cabeza de cartel, se convocó a Ismael Prego, más conocido como Wismichu, para presentar su película Bocadillo, que se describía en la web oficial del festival como «una gran aventura llena de drama, romance, comedia y acción». Un avance sin relación alguna con lo que en la sala finalmente se proyectó: la acción arranca con un hombre entrando en un bar y pidiendo un bocadillo vegetal. El camarero, sin embargo, pide a la cocina un bocadillo “vegetal de pollo”. Ante las protestas del cliente, cambia el pedido a “vegetal de atún”. Se suceden las quejas, pero el camarero sigue alternándolo entre pollo y atún —también van intercambiándose los actores que interpretan a los distintos personajes—, sin que el protagonista consiga el simple bocadillo vegetal que desea. Después de unos quince minutos el metraje se repite en bucle, lo que desencadenó el estallido de abucheos y reclamaciones por parte del público.

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Que todo se tratara de un montaje de cara a un documental auténtico dirigido por Carlo Padial (Algo muy gordo), como luego se dijo, no es lo importante. Lo es que el subdirector del festival, Mike Hostench, declarase que Bocadillo se proyectó por mera recomendación del productor sin que nadie de la organización lo viera previamente, sea esta afirmación cierta o en complicidad con el montaje de Padial. Lo que no parecen entender aquellos que confunden el amor al festival con el culto acrítico a sus organizadores es que en Sitges hay cosas que están por encima del experimento de Padial; de una charla promocional de M. Night Shyamalan; de los flashes con Ed Harris, Nicolas Cage o Tilda Swinton; y hasta de un maravilloso concierto como el que dio John Carpenter en el Auditori. Nada de eso tiene más valor que un pase en El Retiro, sala que data de los primeros años del festival y donde cada año directores de todo el mundo sueñan con estrenar su película. En consecuencia, pocos gestos denotan menor respeto al aficionado que tomarse a la ligera lo que allí se proyecta. Porque hubo un tiempo en que Sitges no era una fiesta, sino un festival donde el cine se significaba por encima de los eventos, las celebridades, los experimentos sociológicos o los cócteles-homenaje a la memoria de los difuntos y a la juerga de los vivos; sí, hubo un tiempo en el que se arriesgaba todo por la libertad de exhibir A Serbian Film, y no por la promoción viral de un derivado lácteo de la actividad principal de un youtuber.

En este sentido, si algo hay que agradecer a Bocadillo es haber retratado como nada la deriva reciente del festival. Unos años en que, mientras algunos pedíamos simple y llanamente cine fantástico, los programadores se empeñaban en servirnos fantástico de pollo o fantástico de atún. Es decir, trabajos alegramente etiquetados que, o bien no concretaban ninguna aportación relevante al género, o bien utilizaban este como fondo de inversión de inquietudes espurias con la esperanza de obtener réditos en forma de prestigio o caché autoral. Un ejemplo es The Wind, irregular debut de la estadounidense Emma Tammi que la crítica cubrió en elogios y acabó sepultando en peregrinas comparaciones con Victor Sjöström, con cuyo clásico del mismo título tan solo guarda similitudes argumentales. Se trata de un western de terror con elementos sobrenaturales que se lo juega casi todo a la evocación de una atmósfera desoladora, reflejo del abandono y la pérdida que sufre su protagonista (Caitlin Gerard). Sin embargo, como ocurre con buena parte del terror independiente hoy en día, el relato termina fagocitado por la ambientación, en un imposible intento de conciliar unos rígidos principios de estilo con un cierre narrativo a la altura. Esto no se traduce, por tanto, en una catarsis telúrica a la manera de Sjöström, sino en los jump scares más chapuceros que se pudieron ver en esta edición.

Hay ocasiones en que tales sobredimensionamientos son aplaudidos por una legión de descubridores, y no es hasta los siguientes trabajos del cineasta cuando empieza a enmudecer la ovación, hasta dejar al otrora autor revelación a solas con el más absoluto silencio. Es lo que ha ocurrido con Nicolas Pesce, cuyo debut The Eyes of My Mother fue comparado con Hitchcock, Polanski o Tobe Hooper en la edición anterior; ditirambos que se han evaporado al exhibir ahora Piercing. Su adaptación de la novela de Ryū Murakami en la que se basa no es ni mucho menos fallida. De hecho, varias escenas son traspuestas de la letra a la imagen con tal detalle que no cabe acusación de desvirtuar el original. Y ahí radica el problema. “Piercing” es una de las novelas más sofisticadas y menos efectivas de Murakami, prácticamente un reto literario autoimpuesto en el culmen de ensoñación japonesa capitalista antes de que estallara la burbuja. No se antoja arbitraria su elección por un Pesce que, lejos de las profundidades del horror que algunos intuían en su film previo, parece compartir el gusto de su actriz Mia Wasikowska por el juego tonal, materializado en una comedia negra con alusiones (musicales) a Argento, (visuales) a los Coen de hace una década y, concedámoslo, al Polanski… de 2018. Más honesta que su ópera prima, en Piercing asistimos a la exposición diáfana de unos límites autorales que Pesce en lo sucesivo podrá explorar con tranquilidad; sinónimo, eso sí, de inexistencia en una burbuja crítica tan hinchada como la económica en que se gestó la obra de Murakami.

En su defecto y como era de prever, toda la atención la acaparó Assassination Nation de Sam Levinson y su discurso contra «la masculinidad tóxica, los egos masculinos frágiles y la mirada masculina». Con la sutileza que cabría esperar de un film que sitúa su acción tras este aviso y en un pueblo llamado Salem, la película calca con la aplicada literalidad de un escolar el argumentario de foros y redes sociales de la cuarta ola feminista, a lo largo de una trama en torno a la persecución sexista —y su contundente respuesta— a un grupo de chicas de la generación Z, acusadas sin razón de filtrar intimidades de sus hipócritas conciudadanos en internet. El carácter eminentemente lúdico y formalmente discreto de la propuesta no bastó para que se reconociera como el exploitation que es, con el mismo valor de denuncia feminista que el de la serie Death Wish de Charles Bronson respecto a la delincuencia; e inferior, por ejemplo, a la mayoría de films de la estimulante (e ignorada) ola de rape & revenge del último lustro. Irónicamente, a los pocos días de su proyección muchos egos frágiles, masculinos y femeninos, se escondían detrás de la película para responder a las críticas sobre la gestión del festival, comparando a aquellos que los formulaban con los machistas violentos y retrógrados retratados en ella. Ataques ad hominem que, al igual que las cabezas más visibles de la cuarta ola feminista, demuestran miedo a la crítica, intolerancia al argumento racional y una visión instrumental de la cultura o, en el caso que nos ocupa, del fantástico. De atún o de pollo, tanto da.

Álvaro Peña

continuará…

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