Entrevista con Andrés Gastey

«A escribir con seudónimo solo le veo ventajas»

En 2001 apareció en el panorama de la novela policíaca española un personaje muy atractivo porque reunía unas condiciones poco habituales: nada escandaloso, sin postureos, sin terribles padecimientos físicos o psíquicos ni terribles traumas del pasado; un personaje que, incluso, no pretendía ser concursante de Masterchef. Era Gutiérrez, un joven madrileño, que cuando lo conocemos acaba de salir de la escuela de la Policía nacional y llega a una localidad costera levantina para ejercer como inspector.

Gutierrez se presenta.jpgEn Gutiérrez se presenta conocimos de sus primeras peripecias y ya se mostró como un hombre tranquilo, duro sabueso, y estupefacto espectador de la desidia, estupidez y corrupción de buena parte de la administración pública y especialmente de la policíaca. Y eso que estamos en los primeros pasos de la democracia postfranquista…

En 2006 apareció Gutiérrez y el imperio del mal, donde nuestro esforzado policía se está aburriendo como miembro de la seguridad de la embajada española ante la URSS. En esta ocasión sus peripecias policiales nos permitieron conocer el lastimoso estado en el que había acabado el proyecto revolucionario de Lenin y Trotsky y, de paso, nos muestra también  las muy singulares costumbres de ese chocante mundo compuesto por los diplomáticos.

Gutierrez y el imperio del mal.jpgHan tenido que pasar 12 años, para que el autor nos regale con una nueva entrega de su serie, Gutiérrez y las almas muertas, en la que nuestro héroe, regresado a la capital del reino de España, nos presenta los muy diversos acontecimientos que se solapaban a mediados de los años ochenta, y cómo y para qué se usaron algunos de los más terribles de aquellos sucesos, como sucedió con la asfixiante y sangrienta escalada terrorista que por aquellos años sufrimos los españoles.

Gutierrez y las almas muertas.jpg

Hacía tiempo que deseábamos ponernos en contacto con el autor de tan interesantes libros, pero en su caso se da una circunstancia poco habitual. Las aventuras de Gutiérrez están firmadas por un tal Andrés Gastey, seudónimo bajo el que se oculta un desconocido ciudadano español que no quiere sacar a la luz su auténtica personalidad.

De ahí que nos dirigiéramos a su editorial, La discreta, con objeto de que le hiciera llegar un cuestionario de preguntas sobre su obra, su última novela y algunos detalles que nos interesaban.

Lo que van a leer a continuación es el texto que la editorial nos hizo llegar en nombre del autor, y del que nos congratulamos especialmente pues, sin romper su anonimato, Gastey responde con una claridad y una valentía que no siempre encontramos en otros escritores.

Sirva esta introducción para agradecer a la editorial La discreta y, especialmente, a quien se esconde bajo el seudónimo de Andrés Gastey, el habernos proporcionado el placer de la lectura de los libros de Gutiérrez; y, en lo que se refiere a esta entrevista, extender nuestro agradecimiento al autor por haber sido tan amable de haberla contestado y por las muchas cosas interesantes que nos cuenta. Nos llegan rumores de que quizá se haya instalado en alguna tierra lejana de España y hasta allí pretendemos enviarle nuestro reconocimiento y nuestro más sincero agradecimiento.

Texto: José María Sánchez PardoFotografía: por razones obvias no podemos ofrecerles fotografías del autor.

Señor Sánchez Pardo:

Muchas gracias por su atenta carta y por su interés en las novelas de la serie de Gutiérrez que escribí.

Con mucho gusto respondo a las preguntas que me hace a raíz de la publicación de “Gutiérrez y las almas muertas”. Lo hago a continuación siguiendo el esquema que me remitió. Dada mi torpeza informática, intentaré remitir las respuestas, a través del editor, en el formato que solicita.

Cordialmente, Andrés Gastey.

¿Cómo es que le dio por escribir novelas?

He trabajado como funcionario muchos años. Los funcionarios están familiarizados con la escritura. Practican cada día un género literario muy ingrato, la ficción oficial. Algunos cruzan la frontera y encuentran en la ficción pura cierto alivio a los sinsabores de su gris existencia.

¿Qué ventajas e inconvenientes considera que tiene el escribir bajo seudónimo?

Solo le veo ventajas.

¿Cómo se le ocurrió la idea de Gutiérrez?

Con franqueza, los detalles del origen del personaje se desdibujan en mi memoria frágil. Sí creo recordar que el primer esbozo nació de una imagen: la de un empresario de éxito en el sector turístico despeñándose por un acantilado. De esa imagen surgió la idea de que alguien debería investigar el asunto. Y ahí apareció Gutiérrez.

Nos puede explicar el carácter de un hombre que iba más para registrador que para policía, algo singular en novela policíaca…

Se han escrito libros enteros (concretamente, hay publicados ya tres) para elucidar los misterios del alma de Gutiérrez.

Brevemente, a mí me parece que lo que él representa es cierta normalidad, algo que, en el contexto del género, le hace, en efecto, singular. Me fatigan los detectives demasiado listos, los policías demasiado duros, los investigadores demasiado cínicos y los perdedores demasiado atractivos que proliferan por ahí. Me hacía ilusión darle protagonismo a un sujeto algo torpe, desaliñado y pedante, pero que es a la vez un tipo bastante normal y decente: como dijo aquel, bueno en el buen sentido de la palabra.

¿Hasta qué punto son historias reales las situaciones por las que ha de pasar Gutiérrez?

Cien por cien.

Yo creo que, con rarísimas excepciones (tal vez el Génesis o algún otro texto estupefaciente), todo lo que se escribe se hace hilvanando elementos de la realidad. La combinación de esos elementos no necesariamente reproduce un hecho concreto que haya sucedido de una manera determinada, pero la realidad es la materia prima básica de toda literatura. En mi opinión, lo demás son tonterías.

¿Por qué han pasado doce años desde la segunda entrega hasta ésta última, Gutiérrez y las almas muertas?

El negocio editorial es para mí un misterio aun mayor que el del alma de Gutiérrez. En la solapa de este último libro, el malvado editor me atribuye “una acreditada pereza, no exenta de justificada modestia”. Yo sospecho que La Discreta no sacó antes esta entrega de la serie porque ha estado dedicándose todos estos años a la explotación de El imperio del mal: traducciones,  spin-offs, precuelas, ventas de derechos para Netflix y esas otras cosillas con las que los editores se lucran a costa de los autores.

¿Por qué este título de las almas muertas?

En la trama hay un homenaje obvio a Miortvie Dushi, de Nikolái Gógol. Las almas muertas pueden ser también las voces que cuentan la historia en la primera parte del libro. Y la segunda parte, cuando Gutiérrez empieza a relatar en primera persona, arranca con el protagonista roto en lo físico y en lo moral, lo que lleva a la frase inicial: “Mi alma había muerto”.

Los personajes, sobre todo el del dueño del bar… ¿inventados o conocidos?

Ando corto de imaginación. Para los personajes vale lo dicho respecto a las historias y la realidad. Tallito tiene ahora algunos años más y él protestaría por su descripción: como nos pasa a todos, se cree más guapo que el tipo que sale en la foto. Dedíquense a explorar los bares próximos a Estudio en Escarlata y acabarán por reconocerlo.

¿Cuál es el papel de sus secundarios en sus novelas?

Fundamental. Como las personas, los personajes son lo que son no solo por sus características propias, sino por cómo se relacionan con los otros y por cómo esos otros los ven.

¿Tan difícil fue la Transición en la administración española?

Sobre la Santa Transición tengo un debate permanente con el librero de Cercedilla. Él sostiene que fue, sencillamente, el truco del almendruco; que el régimen encontró la manera de perpetuarse, que el Príncipe Salina era un lila comparado con Suárez, que de aquellos polvos estos locos, etcétera. Yo no soy tan categórico: sí creo que fue un tiempo difícil e imperfecto, y que se hicieron muchas cosas mal; pero opino que allí se forjaron las bases de un periodo histórico largo de paz y relativa prosperidad y, permítaseme, en general positivo. Por lo menos, se abrió una página distinta en la siniestra historia de España, y uno puede andar por el mundo sin avergonzarse demasiado de ser un español de hoy. Eso me granjea acusaciones intolerables: se me tacha de socialdemócrata y de cosas aun peores.

¿Hay alguna venganza personal o ajuste de cuentas en los argumentos de sus novelas?

Por supuesto. “Ellos” lo saben.

¿Por qué sitúa la acción en el Madrid de esta época fin 85 junio 86?

La serie de Gutiérrez tiene una cronología rigurosa. Los episodios anteriores condujeron a esta época. Hice cierto esfuerzo de reconstrucción documental para reflejar los detalles de la cotidianeidad de aquel periodo, que, además, a mí me parece clave. Creo que el referéndum de la OTAN, la “entrada en Europa” y la segunda mayoría absoluta de González fueron como aquellas marcas que se ponen en los puentes tras las riadas: “hasta aquí llegaron las aguas”.

¿Con qué sensación recuerda aquellos años?

Alguien dijo en la presentación en Estudio en Escarlata que aquella época constituye un pasado de “media distancia” que es difícil de aprehender: no permite la fabulación con la que reconstruimos y embellecemos el pasado más remoto, y tampoco le son propias la nitidez y la vigencia de los años más recientes. Pero está allí, habiéndonos definido y conformado. Fue, en cierto modo, la salida de la adolescencia de todo el país, la etapa post-movida, una era previa a los móviles y al PC que hoy cuesta imaginar.

En esta última novela  hay importantes monólogos de personajes fundamentales de la historia: la madre, la novia, y hasta una divertida carta de los hermanos. ¿Cómo es que introduce esta forma de escritura en esta novela?

Le confieso que lo hice solo para divertirme. Me apetecía cambiar los registros e intentar que otras voces vehiculasen parte de la narración. Se trataba de dar otros ángulos, otros puntos de vista que permitiesen conocer mejor tanto a Gutiérrez como las circunstancias de este caso.

Su protagonista tiene una especial querencia por la Pepsicola. ¿Tiene algo que ver con el loco protagonista de algunas novelas de Eduardo Mendoza…?

Sí. Me confieso un gran admirador de Mendoza. Me gusta lo que escribe, me gusta lo que dice y hasta me parece guapo. Como los otros, este Gutiérrez está sembrado de guiños, homenajes y, como se dice ahora, “intertextualidades”. No hay una sola página, un solo pasaje, que no esté trufado de alguna de estas referencias; pero no todo el mundo las capta, claro.

Al Final de la novela Gutiérrez se dirige a Argentina. ¿Por qué lo manda para allá?

El pobre tiene que ganarse las lentejas… Aquellos años también fueron complicados para Argentina, que salía de la dictadura militar hecha unos zorros.

¿Hay una cuarta entrega de Gutiérrez?

La hay.

Cuando el ávido editor acabe de exprimir la ubérrima veta que le brindan Las almas muertas, confío en que publique esa cuarta entrega, que ya tiene título: Punto final para Gutiérrez.

Finalmente le dejamos espacio para que si así lo considera nos diga qué aspectos sobre su novela le parecen más interesantes y que no le hayamos preguntado anteriormente.

La entrevista es muy completa. Solo me queda agradecerles de verdad su amable atención.

Quienes escribimos nos debemos a los lectores, literalmente. Les pedimos mucho: una cantidad apreciable de dinero y, sobre todo, que nos den lo más precioso que tienen, su tiempo, para dedicarlo a nuestras ocurrencias. Como escritor, mi objetivo es  que quienes tengan la paciencia de leer alguno de mis libros no considere que ha malgastado su tiempo: que le saque un rendimiento, que se entretenga, que lo escrito le induzca a la reflexión o a la sonrisa. Puede que sea una ambición alicorta, distinta de la que alienta en la gran literatura; pero ese es el enfoque que yo, como lector, aprecio en mis autores favoritos y el compromiso que procuro mantener.

Horno perfil anuncio