La madre perfecta. Aimee Molloy

Me preocupa que le pase algo

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Leyendo tan solo las primeras cincuenta o setenta páginas de La madre perfecta salta a la vista que la novela que tenemos entre manos es una historia de misterio por conveniencia, un mero pretexto instrumental. En otras palabras, que su autora no se ha propuesto emplear los códigos de un género que sienta (o quiera sentir) cercano, sino que ha elegido un modelo popular de ficción, con el cual ciertamente no parece estar muy familiarizada, para atraer a un mayor número de lectores.

la llegada martilleante de correos electrónicos es mucho más angustiosa
que los propios hechos del crimen

De hecho, la misma Aimee Molloy lo ha contado —siguiendo la, por otra parte, muy generosa costumbre que tienen los creadores en lengua inglesa de no guardarse los secretos del oficio— en algunas entrevistas. Tras una carrera previa como ensayista y como escritora en la sombra para editoriales, Molloy decidió dar su primer paso en el terreno de la ficción, motivada por una lectura personal que se produjo en circunstancias muy particulares: la de Perdida de Gillian Flynn durante algunas noches de vigilia al lado de su segunda hija recién nacida. La idea fue conjugar sus ideas sobre la maternidad con el suspense; después, vino la aplicación mecánica de un método de escritura creativa (en concreto el conocido como el del copo de nieve, según ha revelado) y ya había libro.

Con la etiqueta de thriller psicológico, o, si se prefiere, con la muy usada en los últimos tiempos de domestic noir, la historia nos presenta a varias madres de recién nacidos que comparten experiencias y preocupaciones en un grupo que se reúne semanalmente en un parque de Brooklyn. Todas se han conocido a través de un portal web especializado. Cuando uno de los pequeños desaparece, justo la noche que estas mujeres han decidido tomarse un respiro y salir a divertirse juntas, comienza una pesadilla en la que se ven inmersas también otras tres integrantes del grupo, decididas a descubrir qué le ha pasado al bebé de su compañera.

Aparte de un prólogo, un epílogo y varias inserciones de una voz en primera persona distinta al narrador omnisciente, el libro se divide en capítulos que corresponden a los días sucesivos a la desaparición, cada uno encabezado por un correo electrónico diario que envía el mencionado portal lanzando incesantes consejos y mensajes de autoayuda para todas aquellas mujeres que quieran ser buenas madres. Como este: «Es normal que tu niño empiece a percibir peligro en su mundo. Tu misión consiste en ayudarlo a superar esos miedos, en hacerle saber que está a salvo y que, aunque no te vea, mamá siempre estará para protegerlo, pase lo que pase» (pag. 17 en la edición española, ediciones B, con traducción de Ignacio Gómez Calvo).

Que La madre perfecta funciona mal como relato de misterio lo demuestran tres cuestiones que molestarán sobremanera, y con razón, al aficionado: una es la ausencia de una exposición razonada de los acontecimientos que le permita al lector intentar averiguar el misterio por su cuenta; dos, la inclusión demasiado chapucera de un personaje secundario a fin de resolver la trama; y tres, una muy poco elaborada trampa, casi engañifa: el antes mencionado yo en primera persona no corresponde a la persona que se nos ha hecho creer desde el principio.

Fuera de su parte thriller, el interés del libro estriba en la descripción detallada de la condición materna en el mundo occidental actual, todo un panorama estresante y opresivo donde las mujeres, más allá de las responsabilidades incuestionables, parecen estar obligadas a seguir un sinfín de recomendaciones nacidas al calor de unas modas que aprovechan los comprensibles temores surgidos durante los embarazos o, tras el parto, cuando lógicamente la vida de un bebé depende exclusivamente de quien lo cría.

Presentando a tres madres muy distintas entre sí, cada una enfrentándose a sus miedos e inquietudes, Molloy critica la uniformidad con la que la sociedad construye el sueño de la maternidad. Las protagonistas, entonces, deben lidiar con unos patrones obsesivos que, en gran medida desnaturalizan la experiencia; y aparte, claro, también soportar condiciones laborales y una organización social poco justas con la mujer. En La madre perfecta, la llegada martilleante de correos electrónicos es mucho más angustiosa que los propios hechos del crimen que se relata.

Ediciones B, 2018

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Santiago Alonso

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