La pena de Pietro Girolami. Pablo García Naranjo

Meses después quedaba el olor a noticia abandonada y un asesino desvanecido a través de callejones sin salida

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Las pupilas sangrantes de las cámaras se extinguieron y el corro de micrófonos, bocas húmedas y miradas que ansiaban abarcarlo todo se rompió entre susurros y asentimientos. «Devolvemos la conexión a los estudios centrales.» Pietro Girolami se enjugó las lágrimas con un pañuelo de tela y despidió a los periodistas con un «muchas gracias» que nadie escuchó. La mano de su abogada era un peso imposible en el hombro. El país desayunaría la mañana siguiente titulares impactantes encabezando la fotografía del desconsolado padre de familia que había perdido a su mujer y su hija a manos de un asesino en búsqueda y captura. El país sorbería un café más amargo de lo normal y recordaría las imágenes, tatuadas en el lugar del cerebro ocupado por los sucesos imborrables, de la mujer y la niña en la habitación de la pequeña, desnudas y desmembradas.

el olor de la lavanda saturaba el hedor de la carne necrosada

El vampiro de Montessini, así lo bautizó un reportero azuzado por su editor. Meses después quedaba el olor a noticia abandonada y un asesino desvanecido a través de callejones sin salida e ineficacia. Pietro Girolami vivió con las dentelladas de los medios y la policía durante un tiempo; con las sospechas y los rumores; con las voces que todo los juzgan, hasta que fue sepultado por el olvido. El vampiro de Montessini era más importante. Un fantasma violento vale más que dos inocentes mancilladas.

Pietro Girolami vivía con dos fantasmas tras una puerta cerrada y las cortinas estampadas con mariposas corridas. La luz estaba vetada en la casa de los Girolami. Sobre todo, en el sótano. Bajo las escaleras de aluminio reinaba la paz y la luz. El paraíso del doliente. Allí siempre sonaban las canciones de las películas Disney, y el olor de la lavanda saturaba el hedor de la carne necrosada y los apósitos empapados en desinfectante. Los gritos estaban prohibidos y se castigaban con más ácido y electricidad en los nervios. Después de una eternidad atado a la cama, el llamado Vampiro de Montessini no había aprendido la lección.

Pietro Girolami se dejó hipnotizar por la llama azul del soplete. Alzó la voz sobre la cantinela de Pocahontas para hacerse oír:

                ―Buenos días, ¿te parece que acabemos con los dedos que te quedan?

Pablo García Naranjo (Sabadell, 1979). Vive en Sevilla con su mujer, dos hijas, una perra gruñona y dos podencos rescatados. Antes de encontrar su lugar en el mundo de los chupatintas trabajó como reponedor, repartidor de colchones, y en ese Matrix de baratillo que es el mundo del Telemarketing. Como detesta esa parte de las biografías donde se dice que el autor escribe desde que tiene memoria, sólo puede afirmar que tuvo una epifanía a los treinta y tres años y desde entonces se ha bregado en diversas antologías de relatos, artículos y colaboraciones varias donde, por supuesto, jamás ha viso un duro. Es autor de la novela pulp Laguna Negra (2014), de la de acción criminal Coburn (2015); ha cultivado la ciencia ficción con El hombre spam (2015), y el terror con Purgatorio (2016). Bajo el pseudónimo Declan Sinnot , escribe novelizaciones de películas de género. Todas publicadas con la editorial Tyrannosaurus Books. Su última novela, publicada en Cuadernos del Laberinto, es la secuela de Coburn, La misericordia del verdugo.

 

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