Rafael Fuentes. Ningún lugar

La realidad española estaba tinta en sangre y metralla

NL_PortadaCuatro hombres preparan un gran atraco: el robo de una cámara acorazada de una institución financiera del sur de Francia.

La narración nos hará subir a un carrusel en el que se entremezclan, desde las más diversas fuentes, los prolegómenos, las peripecias y los resultados de este formidable robo. Tampoco faltan las consecuencias de este atraco, que llevarán a una sangrienta persecución por los Pirineos franceses.

A esto se le añade los múltiples actores que van a intervenir en esta espléndida novela negra. Por un lado los ladrones: Lambert, la cabeza pensante, el rey de los números y la ingeniería; el Loco, un joven español, audaz chófer, que se gana a pulso su apodo; Sergio, un antiguo cana argentino que trabajó como interrogador en los sótanos de la Escuela de Mecánica de la Armada y que abandonó por un singular prurito profesional; y Farouk, un joven delincuente magrebí de la banlieue parisina, una fuerza de la naturaleza para la lucha, la cocaína y las mujeres.

una lucha a vida o muerte en la que las trincheras nunca estaban claramente definidas

Al grupo central, protagonista del robo, se van añadiendo, en diversas mixturas: la ETA, tanto en miembros organizativos como en comandos operativos de castigo; los GAL, tanto sus mandos gubernamentales como los diversos mercenarios reclutados en los más dispares lugares; traficantes de drogas, que nos mostrarán como se reparten el territorio comercial y cuáles son sus relaciones con otros personajes de esta historia. Y ya como meros figurantes, miembros de los servicios de información españoles y diversos policías franceses.

Como se pueden imaginar estamos en 1986, uno de esos años de plomo, en que la realidad española estaba tinta en sangre y metralla. En esa dura realidad va a irrumpir un nuevo actor, dispuesto también a matar, aunque sea sólo por estupidez y codicia.

La fórmula narrativa alterna escenas de acción de gran intensidad, con brillantes diálogos, y una intensa violencia que, al no caer en lo morboso, logra estremecernos en mayor manera. Y estas escenas descriptivas las alterna con flashbacks, en los que se van insertando personajes, motivaciones y acciones, que desembocarán en la acción principal. El uso de múltiples personajes y subtramas que parecen ir a su aire, o al menos no conocen del hilo común, es manejado con maestría, pues el autor nos permite ver y entender los hechos desde miradas e intenciones bien distintas.

Los múltiples personajes están bien perfilados y, pese a su importante número, el autor logra con pocas pinceladas darles una idiosincrasia que nos permite entender de sus diversas disposiciones e intenciones. Donde el autor se luce especialmente es con el grupo de ladrones, de los que, a medida que se va desarrollando la narración, se nos proporciona una información más sutil, y llena de matices. Pues en una dura historia que no esquiva la violencia, la tortura y la muerte, nos sorprende con guiños llenos de humanidad y de un humor bastante negro que insuflan calor y sangre a unos personajes que fácilmente podrían caer en la estereotipia del duro o malvado congelado en sus poses.

Durante la lectura de esta novela, que sabemos ficción, no podemos despegarnos de la sensación de verité que impregna buena parte de la trama, tanto por la identidad de los actores como por lo que sabemos de la realidad de aquella época. Y si no es todo un hecho real, si lo es el trasfondo de lo que el autor nos relata: los terribles hechos que caracterizaron toda una época y como muy diversos actores se enfrentaron en una lucha a vida o muerte, en la que las trincheras nunca estaban claramente definidas, y donde, no nos engañemos, muchos de ellos sólo se movían… por la pasta.

Serbal, 2018

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José María Sánchez Pardo