Peter Berling: un adiós

Viviendo físicamente en Roma, y mentalmente en el siglo XII



Era en julio de 2005, ocurrió poco antes de la hora de comer, y puede resumirse en el hecho de que de pronto me encontré sentado al lado de Peter Berling. Ocupaba mucho espacio, y le preocupaba, sobre todo, la guarnición. Con su voz truculenta decía: “camarero, guarnición, ¿dónde está la guarnición?”. En el plato que acababan de servirle, una apetecible ración de menestra, buscaba sobre todo la guarnición. No dejaba de repetir esa palabra. Yo intentaba hablarle en alemán. Y porque entonces hablaba bien en alemán, y me había interesado una reseña del libro de Berling sobre Fassbinder, le había pedido a Zeki si sería posible intentar una breve entrevista con Berling, que nos fue concedida


héroe perdido de mirada penetrante



Retengo solo dos cosas: me dijo que Werner Herzog era un fascista. Me dijo también que todo estaba en el siglo XII. Con estas dos y otras cuatro o cinco observaciones más, anotadas rápidamente en un papel, mientras Peter Berling buscaba la guarnición, intenté pergeñar un encuentro para la Gangsterera. Ese papel estuvo durante años sobre mi mesa. Aún tuve ocasión, en 2016, de pedirle disculpas a Zeki por no haber llegado a componer ni siquiera un retrato mínimo de aquel breve encuentro con Peter Berling. 

Dos años antes, Peter Berling había intervenido en Gangs of New York (me dijo que le encantaba “Monk Eastman”, su relato preferido en La historia de la infamia, de Borges). Llevaba desde 1990 viviendo físicamente en Roma, y mentalmente en el siglo XII. Regularmente añadía un volumen de entre 500 y 700 páginas a su por el momento pentalogía del Grial. Yo no le había seguido. Y la conversación sobre Fassbinder no pasó de un anacoluto contra Herzog. No tuve nada para Zeki. Lo sentí. Lo sentí mucho. Debía mejorar mi alemán, y leer más novela histórica.


Pero hay una tarde, la del 9 de diciembre de 2017, pocos días después de la muerte de Berling, en que de pronto uno puede sentir una gran melancolía del paso de Berling por este mundo. Representaba ese lado épico de la cultura alemana. Aguirre o la Cólera de Dios era un relato épico, lento. Era descubrir, en 1979, que el cine podía ser una gran aventura: y Berling como productor había hecho posible esa aventura para Herzog. Siempre puso su presencia en relatos épicos. Antes de Gangs of New York, y Aguirre, estaba en Homo Faber, (el maravilloso trayecto en barco de Homo Faber, de Volker Schloendorff), en el Tango Satánico de Bela Tarr. Y también ponía su presencia épica en las varias Semanas Negras a la que asistió. Porque su presencia conjugaba un poco el recuerdo de un Bud Spencer ilustrado, con el desafío en la mirada penetrante de algún héroe perdido y errabundo de John Huston. Como escritor fue también un escritor de aliento épico.

Hubo que esperar un día más para verle en El amor es más frío que la muerte: la película de 1969 con la que se estrenó como productor, y en la que Fassbinder se estrenó como director. Es algo así como la primera aparición pública de Peter Berling: ante la pistola de Uli Lommele, que murió pocos días después de Berling. 

En 2014 publicó Der ChauffeurHacerse llegar, en los días que siguieron a su muerte, un ejemplar de su última novela, El chófer fue un modo de mitigar la nostalgia de ese momento perdido de 2005, con Zeki y con Peter Berling, que ya no están. Gentes que ya no están, que nos van dejando. Se acercaba navidad; tiempo de salir a las carreteras. Salir a la carretera con Berling, con Der Chauffeur.

Fue prolongar también una melancólica despedida.
El chófer es Max Wittacher, 24 años. Conduce una gran limusina negra, de Mercedes Benz, allá por los comienzos de los años 30. Y el destino le ha deparado convertirse en el chófer del arqueólogo de referencia del esoterismo nazi, Otto Rahn, en su búsqueda del Grial en los Pirineos. Sus habilidades como osteópata y masajista le granjean la entrada al círculo selecto de los SS y en concreto a los principales responsables de arqueología de la Ahnenerbe, la unidad esotérica de las SS: Himmler, Heydrich, Canaris, Schellenberg.

Es un enorme placer encontrar a Peter Berling, y a la vez despedirse de él, en estas páginas que son el compendio de todo su vasto y arcano universo. Así como en Aguirre o la cólera de Dios se había dejado la piel por llevar a su destino de saga la lancha de Herzog y Klaus Kinski por el Amazonas, en su última novela la flamante limusina de Max Wittacher se desplaza por el Amazonas de los años 30, entre canciones de Marlene Dietrich, bailes de Josephine Baker, páginas de Ernst Jünger, estatuas de Arno Brecker, edificios de Oscar Niemeyer, olimpiadas en Berlín, el Salón Kitty, el notorio burdel regentado por Katharina Zammit que guardó los secretos de los jerarcas nazis, la locura del tercer Reich en el poder. 

En contraposición, la tranquila pensión de Carcasona frecuentada por Otto Rahn, en pos de los cátaros y el secreto del Santo Grial, tras las huellas de Alfred von Eschenbach y su Parzival. Las sobremesas del “Café Románico”, el imán de Wewelsberg (el Montségur nazi).

El relato esotérico subyacente a los 13 años de auge y caída del tercer Reich tuvo uno de sus momentos epifánicos en España: aprovechando el encuentro de Hendaya entre Franco y Hitler, Himmler se desplazó hasta Montserrat, convencido de que era allí donde Otto Rahn había encontrado el Grial.

Todo esto está maravillosamente contado a varias bandas: desde la tercera persona, el diario del propio chófer, Max, que denomina a su diario, justamente, “Stupor”, las cartas. Berling ya sabía lo que era contar una narración épica y ya sabía lo que era contarla en 13 años. Desde las prímeras búsquedas del Grial por Otto Rahn, cuyos textos fascinaron a Himmler, hasta la inmolación de Rayner Heydrich a manos de la resistencia checa en 1942, no faltaron en los 13 años del Reich avatares de un relato secreto, guiado por una alucinación cercana a la de Aguirre

Es ese relato alucinado el que cuenta Berlíng: y es quizá su encuentro privado con el Grial, antes de partir.

Con las primeras luces de 2018, se empezó a sentir de menos su presencia caudalosa entre las mesas del restaurante del arco de San Calisto, en Roma, donde concibió muchas de las páginas de su pentalogía del Grial. Había llegado a Roma en la estela de Fellini (esa generación salvaje que se estrenó en La Dolce Vita), y ya nunca la abandonó.

Aunque me había dicho que todo, absolutamente todo, estaba en el siglo XII (ese siglo que había empezado a poblar su cabeza desde que trabajase con Liliana Cavani para una película inspirada en Francisco de Asís), algo quedaba también para los años 30 del siglo que le había visto nacer.

Cerré el libro agradeciéndole secretamente que hubiera puesto el Grial entre mis manos. 

Ramón García