El Estudiante Modelo. Luis Carbajales

       

Me llamo Ernesto Virgós, y soy un estudiante de cuarto año de Derecho. Soy atractivo y popular, de buena familia. Todos me tienen en alta estima, me consideran un buen chico y, ya que yo lo quiero así, no tienen ni idea de cómo soy en realidad.
Ahora me encuentro en una elegante cafetería, esperando a mi pareja Isabel. Solo lo es desde ayer, aunque ya habíamos estado juntos antes, hacía años. Salimos un tiempo, y ella me dejó. Es más, me despreció y repudió, dejó de contestar a mis llamadas. Dijo que yo era infantil y poco maduro, aunque sé que eso solo era una excusa. Es una zorra, como todas. Dejé de intentar contactar con ella, pero nunca le perdoné su trato hacia mí.
Ayer me sorprendió en la puerta de mi piso. Dijo que quería hablar conmigo. Había oído hablar de mí, de mis buenas notas y mi brillante futuro como abogado. Según decía, eso significaba que yo había madurado, y ella había querido volver a verme para tratar de ser mi amiga, ya que nunca me había olvidado.
No tardé mucho en comprender lo que sucedía. Después de follarse a unos cuantos imbéciles, había vuelto a mí por una única razón, una de las pocas cosas que les importan a las mujeres: el dinero. Pretendía volver a salir conmigo, y casarse con mi futuro trabajo de pudiente abogado. Mientras hablaba a mi lado en el sofá, coqueteando y explicándose con sus excusas baratas, sus verdaderas motivaciones se me mostraban tan claras como en un cartel luminoso de varios metros de largo.
Pensé en lo que haría el encantador estudiante de derecho Ernesto Virgós, y, con un esfuerzo sobrehumano, esbocé una amplia y agradable sonrisa perfectamente entrenada, mientras intentaba contener mi impulso de saltar sobre ella y reventarle la cabeza a golpes. Cuanto más aguantaba, más brutal se volvía mi fantasía. Le sacaba los sesos, la violaba a través de una cuenca ocular y me corría en su cráneo… Y ella seguía hablando, y yo seguía sonriendo.
No podía hacerle todo aquello que imaginaba, ya que sería arrestado y encarcelado en seguida, así que me decidí por algo más sutil, y, conteniendo mi ira mediante el uso de una fuerza de voluntad casi sobrehumana, le dije, alegremente:
–Bueno, Isabel, te mentiría si no te dijera que yo también he pensado en ti de vez en cuando. Me alegro de que hayas venido.
–¿Ves? –Dijo ella, con actitud triunfante– ¡Ya sabía yo que habías madurado!
Para ella, madurar significaba doblegarse sin pestañear ante todos sus absurdos caprichos. Y sí, en eso consistía mi actuación por ahora.
Bebimos, charlamos, y, al final, acabamos acostándonos. Ella se mostraba más lasciva y atrevida de lo que yo la recordaba, aunque aun así resultaba bastante aburrida. Intuí que, de aquel modo, pretendía sorprenderme y excitarme. Así pues, me hice el sorprendido y excitado. Me costaba mantener la erección, y más aún correrme, con aquel sexo que haría dormirse a un cura, pero, finalmente, al imaginarme su cadáver roto y desollado, logré acabar.
Luego, me hice el cansado. Ella se quería quedar a dormir, pero yo sabía que ya no podría controlarme, que la mataría si la tenía delante un minuto más. La odio demasiado. Así, le expliqué con mi mejor cara que aquello iba muy rápido, y que teníamos que dejarnos unas horas para pensar sobre lo que estaba pasando. Quedé con ella al día siguiente en la cafetería en la que ahora me encuentro, narrando estos acontecimientos. Isabel pareció comprenderlo. Nada había que sospechar de Ernesto Virgós, el estudiante modelo, a quien ella seguro que ya imaginaba llevándola al altar. Así que se marchó con una sonrisa.
Me vengaría de ella, pero, tras el impacto emocional que me había provocado aquella visita, necesitaba desahogarme de un modo más directo y efectivo. Así pues, cogí las llaves de mi 2CV de segunda mano, me vestí, y salí a la calle.
Antes de meterme en el coche, saqué del maletero una vieja tubería oxidada, aún manchada de la sangre seca de mi última víctima. Al notar aquello, sentí una oleada de satisfacción, que me produjo una erección mientras escondía el arma junto al asiento. Excitado, arranqué mi vehículo y me dirigí a la zona universitaria. Era tarde, pero seguro que alguna jovencita aún estaría volviendo a su residencia. Así era.
Una chica caminaba solitaria por la calle, cerca de una de las residencias femeninas más concurridas. Era morena, de pelo largo, moderadamente delgada, de rasgos infantiles. Como mi madre, como Isabel, las más grandes putas de mi vida… Justo mi tipo.
Dando un pequeño rodeo, la esperé donde sabía que la encontraría, de camino a su habitación. Era un callejón que se encontraba completamente vacío y silencioso, por lo que resultaba perfecto para la actividad que planeaba para la chica y para mí.
Debería dar gracias a Dios, o a la genética, por los dones que me había dado para atraer a mis víctimas. Cuando la estudiante me encontró, vio a un joven y atractivo muchacho, de aspecto saludable y probablemente de buena familia, revisando con una linterna el motor de su viejo coche, aparentemente averiado. No mostró la más mínima señal de miedo, e incluso se detuvo junto a mí antes de que yo le dijera nada. Me miraba con curiosidad. Me hice el despistado.
–¿Se te ha estropeado el coche?
Cuando habló, noté que había bebido. Probablemente eso le proporcionaba valentía extra, y a mí me ayudaba.
–Pues sí… No sé qué le pasa. A ver cómo voy mañana a la uni… –Ponía cara de afligido, de desamparado. Inofensivo.
–¡Ay! Pues yo estudio ahí, qué casualidad. ¿Qué haces?
–Derecho, estoy en cuarto.
–¡Vaya nivel, tío! Yo también, pero aún estoy en segundo. Oye, ¿tienes a un profesor que se llama Argüello? Está loquísimo.
Estaba completamente borracha, y, tras hablar sobre algunas tonterías, prácticamente se me echó encima. Nos besamos y la llevé al coche. Allí le puse unas esposas sin que ofreciera resistencia, inmovilizando sus manos. Cuando le pegué la cinta adhesiva en la boca, vi en sus ojos cómo se asustaba. Yo ya había arrancado el motor cuando le terminé de poner el cinturón de seguridad. Era demasiado fácil. Podría haberla llevado por las buenas hasta el descampado, pero así me divertía más. Oía cómo gemía y se revolvía mientras yo conducía.
Al llegar, la saqué de un empujón. Estaba llorando, lo que me excitó. Cogí la tubería y la golpeé en la cabeza con fuerza, haciendo que un chorro de sangre salpicara el césped y mi brazo. Se quejaba con toda la energía que le permitía la cinta de su boca. La alumbré con la linterna. Entre lágrimas, me observaba con absoluto terror. Era perfecto: le dolía, pero aún era plenamente consciente.
Le bajé los pantalones y las bragas. Ella se revolvía, pero ataqué su espalda con el hierro. Oí un crujido de huesos, y se quedó tendida. Mi erección era ya monstruosa, así que no me costó penetrar su culo sin lubricante alguno. Ella gemía y lloraba, se agitaba. Yo la castigaba con mis puños, le apretaba la cara contra el suelo, mientras mi pene apuñalaba su ano con rapidez y furia. En un momento de gran excitación, le golpeé varias veces los brazos con la tubería. Noté cómo se rompían, y no tardaron en hincharse. Mientras me corría, destrozando su culo sangrante con las últimas embestidas, ya más espaciadas, pero potentes y deliciosas, volví a arremeter furiosamente con mi oxidada arma sobre su cráneo, una y otra vez, y noté cómo dejaba de moverse para siempre jamás, y seguí golpeando hasta quedar exhausto. Cuando terminé, de su cabeza solo quedaban unos restos sanguinolentos e irreconocibles, formados por pedazos de carne, hueso y sangre. Me limpié la polla en aquellos restos, y luego me quité la sangre con sus bragas. Disfrutaba humillándola incluso después de muerta.
Saqué de mi coche un serrucho, le corté lo que quedaba de su cabeza y lo metí en varias bolsas impermeables, una dentro de la otra. Le quitaría la carne con agua hirviendo, y quizá me animara a reconstruir el cráneo. Sería un excelente trofeo. Enterré lo demás y me cambié de ropa.
Volví a mi casa escuchando música y silbando la melodía, animado. Siempre disfrutaba de los momentos posteriores a un crimen, aunque con el tiempo empezaba a deprimirme, hasta que volvía a matar.
Al menos, para el día siguiente tenía planeado algo que, aunque no era tan satisfactorio, me resultaría divertido…
Y aquí estoy, después de todo aquello, esperando a Isabel en la cafetería. Son las doce y diez, ella ya se retrasa, seguramente a propósito. Yo disfruto de un café y un bollo mientras leo la prensa deportiva, pero no puedo dejar de prepararme mentalmente para cuando aparezca, de regodearme para mis adentros en lo que voy a hacer.
Finalmente entra en el local. Se ha puesto guapa, aunque esforzándose en que parezca algo casual. Se sienta frente a mí. Me hace esperar a propósito, llamando al camarero.
–Yo un café solo, por favor.
Me mira.
–Bueno… He estado pensando en lo de ayer…
–Sí. –Le digo yo, haciéndome el nervioso, aunque sé perfectamente lo que va a decir.
–Me lo pasé muy bien, Ernesto.
Me sonríe cálidamente, cogiéndome una mano. Yo la aparto, y me tomo un sorbo de mi café, con calma.
–Yo no. Fue el peor polvo que he echado desde que me dejaste.
Su rostro muestra incomprensión, incredulidad. Se pregunta si me ha oído bien.
–Eres soporífera en la cama, tuve que pensar en otras mujeres para correrme.
Digo esto mientras el camarero le sirve su café. Me mira disgustado y se va. Ella se ríe, nerviosa.
–¿Pero qué dices? ¿Has estado bebiendo?
–Me das ganas de vomitar con tus tonterías de pija zorra. Anoche me apetecía follarte, pero la verdad es que no quiero volver a verte. Piérdete, no me molestes. Si te vuelvo a encontrar en la puerta de mi piso, te denunciaré por acoso. Vete de aquí, estaba muy tranquilo antes de que llegaras.
Todo esto se lo digo con mi mejor sonrisa, mi sonrisa de Ernesto Virgós, el chico modelo. Pero esta vez no es fingida. Esta vez estoy disfrutando de verdad.
Ella se levanta, a punto de llorar.
–Ya me llamarás pidiendo perdón.
Solo alcanza a decir eso antes de salir de la cafetería, sollozando. Yo disfruto con su sufrimiento. Ella me dejó, me despreció. Ahora soy yo quien se lo hace a ella. Las cosas están en su sitio, el mundo vuelve a girar como debe hacerlo, y, muy pronto, otra joven estudiante caerá en mis manos, y, mientras la violo y la mato, destruyendo todo lo que alguna vez fue, pensaré en mi madre, en Isabel, y en todas las putas que campan por el mundo felices, sin saber que cualquier día, en cualquier esquina, se encontrarán conmigo.
Mientras termino mi café, sigo sonriendo. Antes de irme, dejo una buena propina.
Basado en la vida y crímenes del asesino en serie Ted Bundy.
Un relato de Luis Carbajales
luiscarbter@yahoo.es