Los Crímenes del Filósofo Rey. 2ª entrega

Continúa el relato por entregas de David G. Panadero. Si quieres leer la anterior entrega, pincha aquí

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—Te vuelvo a decir que no me llames Rick, he de acostumbrarme a que me llamen Ricardo… Pues ya sabes… Gracias Brian… ¿Qué? ¿Un director de cine interesado en Los Crímenes del Filósofo Rey? Claro, flaco favor haría al FBI… Ya sabes, no vendería los derechos de mi novela si la pensión de inhabilitación me permitiese más lujos… ¡Joder! Ya son demasiadas condiciones: emigrar, publicar sólo cada diez años… Pues claro que no haría gracia a nadie…

Rick Savini (ahora Ricardo Vaquero) colgó el teléfono. Casi hace quince años que cambió de identidad. Dada su fisonomía latina, pensaron que en un país mediterráneo cada vez más frecuentado por inmigrantes pasaría desapercibido, así llegó a Madrid.

Su estabilidad mental quedó muy debilitada con el caso de “Los Jíbaros de Nuevo México”, y hubo de abandonar forzosamente la profesión. Llegó un punto en que, con tener a alguien pisándole los talones, ya se formaba la idea de la conspiración, y un buen día acabó sentado a horcajadas sobre el pecho de un sospechoso, atizándole con la culata del revólver

—¿Quién te ha mandado seguirme? ¿Quién? —mientras el nerviosismo de su presa aumentaba, no acertaba a articular palabras, y cada vez más gente se agolpaba para presenciar la agresión.
Finalmente, Rick le disparó en una pierna para inmovilizarlo, como aviso a sus superiores. Pero no se trataba más que de un joven carterista. Aún recuerda Rick aquellas frases amables del psiquiatra: “no los veas como a enemigos, piensa en positivo…”
Había tenido acceso a expedientes secretos del FBI. Eso despertó su imaginación. Ya retirado, decidió que escribir era lo que menos le aburría, así sacó La Furia de los Justos. En seguida, la Asociación de Escritores Policíacos Españoles se interesó por él, pero Brian Lovering le impidió entrar en contacto con ellos a fin de que se mantuviera en el anonimato. Hubiera querido desobedecer las órdenes de Brian; deseaba conocer a esos escritores españoles: Andreu Martín, Mariano Sánchez Soler, Carlos Pérez Merinero… Pero tuvo que aceptar su situación de aislamiento.
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Mientras rememoraba ciertos pasajes de su última novela se sirvió un whisky con hielo. La madrugada se hallaba avanzada. Precisamente hablaban de su libro en un programa cultural de la segunda cadena. En resumen, la presentadora hablaba de la falta de sensibilidad del público actual, de la “cultura necrófila” de los jóvenes de hoy.
Tras unas horas de sueño, Rick bajó a por la prensa del día y abrió el buzón. Había recibido una carta de un tal Jacinto Vázquez, Doctor en Literatura Española por la Universidad Complutense de Madrid, según rezaba el remite.

 

Estimado Ricardo Vaquero,

Me ha costado gran esfuerzo conseguir sus señas, ya sé que no tiene ningún interés en conceder entrevistas o aparecer en público. No se preocupe. Mi interés por conocerle es exclusivamente privado. Sencillamente, admiro sus dos novelas.¿Podría usted dedicarme unos minutos de su tiempo? Estaría encantado de invitarle a tomar un café.Esperando que tenga en cuenta mi propuesta, se despide, Jacinto Vázquez.

PD: Este es mi número de teléfono, por si decidiera llamarme.

 
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